De pronto, me embiste una camioneta. Salto a la acera y leo “SOS Venezuela” en el vidrio posterior, pero no alcanzo a escuchar lo que el hombre grita. El semáforo continúa en rojo. A un lado de la cola para adquirir harina y papel higiénico un perro lánguido muerde una bolsa de basura. Alguien reclama porque ceden lugar a una viejita que casi toca el suelo con la quijada. En la esquina siguiente dos indígenas comen de un plato. Pido un café en la barra, “no hay leche, jefe”, advierte el joven con los ojos de Chávez mirándome desde su pecho. Tampoco, agua embotellada. En la boca del metro linchan a un delincuente, en los vagones cantan raperos y se dan trompadas las mujeres para salir al andén. Ya en el bulevar, oficialistas desgañitados celebran al país con las mayores riquezas petroleras del mundo. Adelante, una protesta contra la inseguridad es disuelta con gases lacrimógenos. Piso pancartas, corro hasta una panadería de donde la guardia saca a empellones varias personas asfixiadas. Me enredo con una bandera y veo en un afiche la cara de uno de los asesinados la última semana. Cuando llega el enjambre de motos con gallardetes y tubos entro en la universidad. Sólo vinieron cinco alumnos, los otros están marchando, pidiendo visas o reducidos de miedo en sus casas. Comienzo la clase: “la civilidad, damas y caballeros, es un concepto básico de las repúblicas.” A lo lejos, oigo disparos.
domingo, 30 de octubre de 2016
Civilidad
De pronto, me embiste una camioneta. Salto a la acera y leo “SOS Venezuela” en el vidrio posterior, pero no alcanzo a escuchar lo que el hombre grita. El semáforo continúa en rojo. A un lado de la cola para adquirir harina y papel higiénico un perro lánguido muerde una bolsa de basura. Alguien reclama porque ceden lugar a una viejita que casi toca el suelo con la quijada. En la esquina siguiente dos indígenas comen de un plato. Pido un café en la barra, “no hay leche, jefe”, advierte el joven con los ojos de Chávez mirándome desde su pecho. Tampoco, agua embotellada. En la boca del metro linchan a un delincuente, en los vagones cantan raperos y se dan trompadas las mujeres para salir al andén. Ya en el bulevar, oficialistas desgañitados celebran al país con las mayores riquezas petroleras del mundo. Adelante, una protesta contra la inseguridad es disuelta con gases lacrimógenos. Piso pancartas, corro hasta una panadería de donde la guardia saca a empellones varias personas asfixiadas. Me enredo con una bandera y veo en un afiche la cara de uno de los asesinados la última semana. Cuando llega el enjambre de motos con gallardetes y tubos entro en la universidad. Sólo vinieron cinco alumnos, los otros están marchando, pidiendo visas o reducidos de miedo en sus casas. Comienzo la clase: “la civilidad, damas y caballeros, es un concepto básico de las repúblicas.” A lo lejos, oigo disparos.
lunes, 5 de agosto de 2013
Propatria-Palo Verde
“Buenos días”, grita, pero nadie
contesta. “Buenos días”, repite ahora más alto, retrechero. Algunos,
intimidados, responden; otros, como yo, continúan en lo suyo: conversan, leen,
miran su propio reflejo en la ventana. El hombre camina por el vagón dejando
una estampita de la virgen María o con el mensaje de una indefinible ONG para
el rescate de los adictos a las drogas en paisaje bucólico. Al rato recoge las
tarjetas, que muchos ni tocan, molesto ante la poca cosecha. Entonces lanza una
arenga contra el egoísmo, escupe anatemas, amenaza con su índice mugriento.
Tres muchachos parados en la puerta, el doble de altos que él, reciben la
fulmínea mirada con displicencia y hasta con simpatía. Desesperado, el sujeto
cambia de táctica y pide, directamente, una moneda a cada uno de los chicos. Es
inútil, sólo recibe los cartones que arrebata con fuerza y camina de un lado a
otro gritando: “un bolívar, un bolívar”. Cuando vuelve a pasar por mi lado
siento el olor a basura y veo su palma sucia apretando una nube y algo como la
rama de una palmera.
Paso la mano izquierda por mi cabello
tratando de quitarme la grasa de miles de cabezas adherida a la ventana que, al
intentar evadir el tufo, me obligó a torcer el cuello más de lo debido. Al
reacomodarme, no puedo rechazar el paquete de chocolates que un moreno ladino
coloca en mis piernas. Asume que en casa me esperan cinco hijos ansiosos y que
el dulce elevará mis réditos de buen padre. La niña de al lado toma una de las
barras que he puesto en el lindero entre nuestros asientos; su madre dice, “no,
Maryulis, ese es del señor.” Veloz como su repetido discurso, el chocolatero
retoma su mercancía y bendice sin discriminación.
Apenas entro en la escena en la que se
producirá un hecho tremendo (leo Desgracia,
de J. M. Coetzee), un lisiado en silla de ruedas echa el cuento que lo redujo a
tal estado: bandas en pugna, escaleras, cursos universitarios nocturnos después
del trabajo. Quizá no pasó del primer semestre, me digo: su confusión entre la
ele y la erre es sintomática. La calle, además, le ha contagiado el modo de
prolongar las frases y el siseo. No le va mal: salvo por la poca movilidad –el
tren está abarrotado– veo docenas de manos ofreciendo y lo escucho a él dando
gracias.
A la Maryulis le entró la
hiperquinesia: llevo un par de patadas en mi pierna. La señora parece no
enterarse, enfrascada en un juicio sobre celulares con su marido, a quien tengo
enfrente, en franelilla, con tatuaje al bíceps y cadena. Aguanto las ganas de limpiarme
la bota del pantalón y me propongo cambiarme en cuanto lleguemos a Capitolio
donde es seguro que baje mucha gente.
Suben dos reguetoneros que con sus
improvisaciones dirimen las causas políticas de un par de ancianos en la zona
azul del coche. Ya he perdido la cuenta de los pedigüeños, sólo me interesa
terminar el capítulo de Coetzee y llegar a la oficina de trámite del pasaporte
en Palo Verde. Voy concentrado hasta que, de nuevo, se me sienta al lado una
madre con su hijo. No hay manera de cambiar de silla. Recojo mis piernas,
aunque el niño, sea el caso de decirlo, es más bien tranquilo. De pronto (los
personajes de la novela tiran perros en una furgoneta), siento una caricia en
mi brazo, otra vez el izquierdo: no me atrevo a moverme, pero sé que es una
manita que se entretiene con los vellos arriba de la correa del reloj. Qué
raro, me digo, antes de bajarme en la terminal sin concluir el párrafo.
Cuento venezolano
Apenas publicada en 1985, El cuento venezolano se convirtió en
una de las referencias antológicas del relato escrito en el país en el siglo
XX. Quizá por una providencial coincidencia (o por cálculo literario) la
compilación apareció al cumplirse treinta años de la Antología del
cuento venezolano preparada por Guillermo Meneses, y aunque hubo otras
muestras entre una y otra fecha, el compendio de Balza vino a complementar
aquel célebre conjunto de 1955.
La fortuna de este libro, como ocurre con el de Meneses, acaso se deba
al hecho de que la selección descansa en la intuitiva lectura de quien conoce
los mecanismos ficcionales desde la perspectiva del creador y no de la del
simple crítico o documentalista. No quiero decir que lo que motivó en su
momento a Meneses a reunir su volumen o a Balza hoy a agrupar el suyo haya sido
un mero capricho de artesano; o que un analista o un historiador de la
literatura no tengan la debida sensibilidad para percibir las bondades
estéticas de un cuento. Señalo, llanamente, que cuando un artista se propone
fijar los textos que considera valiosos en una tradición literaria, lo hace con
la mirada oblicua, llamémosla de ese modo, de aquel que alcanza a ver
sinuosidades, pulsiones, arquetipos más allá de la estructura, el estilo o el
argumento.
Así pues, el impacto del tomo de 1985 hizo que la casa editorial Círculo
de Lectores de Madrid le pidiera al compilador una selección de la selección
(perdonen la redundancia) para ser incorporada a la serie “Joyas de la
literatura venezolana” en 1986, una breve biblioteca (ocho títulos) hecha sólo
para los afiliados a ese circuito. Con todo, a fines de la década del ochenta
ya la antología se había agotado, por lo que Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central
se vio en la necesidad de imprimir una tercera edición en 1990. Esa vez Balza
amplió la muestra estableciendo una práctica que continuaría en el futuro: su
voracidad lectora y sus ansias por comprender el fenómeno lo han obligado a
incorporar nuevos nombres surgidos entre los lapsos de cada edición o a
redescubrir narradores olvidados por la historiografía literaria que se ocupa
del siglo XX e incluirlos en la panorámica, como se verifica en la cuarta
salida del compendio en 1996.
Esta quinta edición, sin embargo, es distinta a las anteriores por
cuanto integra, sí, autores recientes, pero también piezas y nombres del pasado
antiguo de estas tierras que luego serían conocidas como Venezuela, en un giro
que pone en entredicho la historia del cuento entre nosotros. Explico: hasta
1996 Balza circunscribió su colección a relatos del siglo XX, ahora basta leer
el índice para percatarse de que los inicios del género en el país se remontan,
según su perspectiva, a la época precolombina. Sin duda, se trata de una
reinterpretación que desmantela las rigideces genológicas y, más todavía, los
tradicionales compartimentos históricos, útiles a la hora de establecer
parámetros para el estudio puntual de algún aspecto de la literatura, pero poco
flexibles para conocer ciertas manifestaciones que nos definen como sujetos
pertenecientes a un lugar determinado. Porque desde cuándo nos sabemos
fragmentos de una comunidad que comparte sueños, imágenes y recuerdos de un
territorio común, se preguntaría Balza al diseñar esta nueva presentación de El
cuento venezolano. Desde cuándo podemos cifrar la pertenencia a un espacio
geográfico que nos ata y moldea. Cierto: un país puede ser una ficción, pero
esa ficción nos hace cuerpo colectivo.
Por añadidura, las líneas imaginarias que trazan la cartografía, producto
de negocios militares y políticos, nada tienen que ver con las fuerzas ctónicas
que juntan a los hombres en un sitio. De modo pues que Venezuela comenzó su
tránsito mucho antes de 1810 o 1830; tal vez echó a andar en un tarén
invocativo de los Pemones, en las reflexiones de un cura visionario o en los
abundosos párrafos de un cronista alucinado.
Como quiera que sea, esta manera de entender el alma nacional amplifica
las dimensiones de la forma cuento y reacomoda sus orígenes hasta
expresividades vinculadas con la poesía, la narración histórica, las
sentencias, las crónicas, el diario de viajes y, si se me permite el término,
con los mantras. Esas tumultuosas arquitecturas revelan tenues núcleos
accionales que constituyen relatos en virtud de que se sostienen en el discurso
narrativo. El tiempo, la conciencia estética, la necesidad precipitarán el
cuento a fines del siglo XIX. Por aquellos días los contornos del género ya se
han establecido y materializan un estado distinto, moderno, de la estructura,
con lo cual se potencian sus funciones artísticas.
Esas funciones se despliegan no sólo en los trabajos canónicos, digamos,
del volumen, sino que orientan las trece incorporaciones precolombinas y/o de la Colonia de esta quinta
edición. Balza ha recogido, asimismo, algunas piezas singulares de escritores
poco o nada conocidos en su condición de cuentistas, como Nicanor Bolet Pereza
(relator de costumbres) y Jesús Semprum, este último, en palabras del antólogo:
“el más brillante crítico literario de Venezuela en la primera mitad del siglo
XX”.
Hay también composiciones de autores recientísimos, como si dijéramos de
esta mañana, que no escaparon a la pesquisa del compilador y que hoy,
felizmente, forman parte de una de las muestras más reconocidas en la tradición
del cuento venezolano. Por supuesto, y como suele ocurrir en todo compendio de
esta naturaleza, no están todos los que son, pero todos los que están sí son.
Cierra el tomo una curiosa lista de expresiones de Fray Juan Antonio Navarrete:
suerte de aforismos que podrían resumir las varias posibilidades de la ficción
expuestas en las ochenta y seis piezas del volumen.
A toda antología la sostiene cierta tensión azarosa; El cuento
venezolano, sin embargo, siempre ha gozado del prestigio de una bien ganada
fama gracias a la vivacidad y a la inteligencia con la cual Balza selecciona
los textos. Esta quinta edición constituye, además, una propuesta distinta y
novedosa al incorporar materiales no considerados, tradicionalmente, como
relatos; una actitud que integra la dimensión arquetipal de eso que algunos
etiquetan bajo el rótulo idiosincrasia, pero que tal vez sea más exacto
denominar pertenencia simbólica a esto que llamamos Venezuela.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


