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miércoles, 2 de enero de 2019

Conversiones


Esta es, en apariencia, la historia de un joven caraqueño que decide indagar en las fuentes religiosas de sus ascendientes, sobre todo las vinculadas con el padre, un judío no ortodoxo de clase media quien ya le ha facilitado una sólida educación en los Estados Unidos. Para cumplir sus deseos el chico –obseso lector y espía de sí mismo– se establece en un Kibutz y accede a la universidad en Tel Aviv, pero mientras desarrolla sus tareas académicas se produce el ataque a Israel por una coalición militar sirio-egipcia que desencadena la guerra del Yom Kipur (octubre de 1973). Impelido por las circunstancias, además de reconocer su necesidad de integrarse a su nuevo país huyendo de la mediocridad venezolana de aquellos tiempos, el protagonista se hace miembro del ejército hebreo que sube a los Altos del Golán –una de las zonas en disputa– a enfrentar a los invasores. Justo en aquel sitio, en una trinchera bajo fuego, se inician las acciones de esta curiosa novela de Ricardo Bello.

En el panorama de nuestra narrativa no es extraño toparse con argumentos relacionados con aspectos de la cultura judía, bien porque a algunos autores les interesa mostrar sus ligaduras con aquella fe o porque requieren hacer énfasis en valores idiosincrásicos de esa tradición. Son los casos de Alicia Freilich (Cláper el marchante —1987), Isaac Chocrón (El vergel —2005) y Atanasio Alegre (El crepúsculo del hebraísta —2008), para citar tres títulos. Menos común es la exploración de asuntos relativos al mundo árabe, pues hasta donde sé sólo Ana Teresa Torres, La favorita del señor (2001), ha incursionado con soltura en ese terreno. Ahora debemos sumar Sacramento de la guerra (Caracas, Editorial Dahbar, 2018), del mencionado Bello, en donde Oriente, en su condición islámica, ocupa el núcleo de los tenues acontecimientos.

De modo que, mientras esquiva balas, el personaje va explicando a su compañero de trinchera (Natán) las motivaciones que lo llevaron a abandonar la seguridad de Caracas a principios de los setenta para embarcarse en un destino incierto y hasta peligroso. No obstante, sus convicciones lucen sólidas pese a los cuestionamientos políticos que el otro va dejando caer también como plomo de la contienda. Así nos enteramos del bachillerato norteamericano de Daniel, de las bondades económicas de las que ha sido beneficiario y de su descubrimiento del universo judaico con el cual tiene legítimas ataduras intelectuales. Asimismo, nos ponemos al tanto de las circunstancias que precipitaron el alejamiento familiar del muchacho y su rechazo a la muelle y vacía esperanza de vida ofrecida por las facilidades de su estrato social en Venezuela. Estos pasajes introductorios sirven, igualmente, para ilustrarnos sobre las causas que llevaron a la Guerra del Yom Kipur como una secuela de la Guerra de los Seis Días de 1967.

Daniel y Natán discuten y reflexionan sin desatender las faenas militares. Hay tráfago de equipos y órdenes. De pronto, aparecen varios soldados con distintivos de su propio ejército, pero en realidad se trata de un comando sirio que los toma prisioneros de manera fácil y sin violencia. En este punto la novela da un giro: hasta el momento cuando a la figura principal se la reduce a una celda veníamos leyendo la historia de un sujeto que busca el sentido de su paso por la tierra en el seno de una comunidad nacional-religiosa, una pieza con visos de aventura por cuanto el héroe de la obra, digamos, es capaz de ponerse en riesgo de muerte si con ello alcanza sus objetivos: conocimiento, patria, sabiduría. Sin embargo, una vez en manos de los sirios (a Daniel lo aherrojan en solitario; Natán es un topo de los árabes), el joven entra en un proceso de transformación de sus creencias espirituales tan drástico y profundo que lo cambia por completo.

La razón de esta aparente modificación argumental tiene que ver con el verdadero tema de la novela: ascender al discernimiento de las enseñanzas del islam como fórmula de comportamiento humano. Al principio, como suele ocurrir en estas situaciones, Daniel es torturado; se le niegan los más mínimos derechos de alimento y salubridad, se le humilla con método. A las semanas, su verdugo (otro caraqueño, marxista convencido e instrumento guerrero a favor de la causa árabe) va cediendo: distiende las charlas, polemiza respecto de las concepciones “pequeño-burguesas” del reo, le permite –gracia importante– tener un libro. El volumen, encuadernado con lujo, aparece una tarde en el duro catre de la celda: El Corán. A partir de la lectura de las revelaciones hechas por Alá a Mahoma, el mundo interior de Daniel Toledo entra en una nueva y definitiva etapa: la de su conversión en musulmán practicante. Sale de la cárcel y se instala en casa de su guía, un destacado Sheik de Damasco. A estas alturas, la novela ya es otra cosa.

Quiere decir, lo que pensábamos era una historia construida para celebrar las beneficiosas particularidades del judaísmo deriva, sin solución de continuidad, hacia el reconocimiento de que los preceptos coránicos resultan más significativos para Daniel que los textos de La Torá y El Talmud. El protagonista accede, en fin, a la verdadera integración con una feligresía a la que se siente llamado desde las páginas, ahora sí, sagradas y dignas de todo crédito: las líneas maestras de una escritura divina.

Este cambio de perspectiva modifica la estructura de la novela trizando las expectativas del lector: en adelante, nos sumergimos en un pesado discurso ensayístico –apologético– donde se nos detallan las supuestas bendiciones de la religión musulmana, con base en el punto de vista de Daniel y de las lecciones del Sheik; uso que ralentiza las acciones (disminuidas desde los capítulos concernientes a la prisión) y precipita el trabajo hacia regiones conceptuales opuestas a lo que hasta las más laxas poéticas exigen en un ejemplar del género: narrar. Con todo, es cierto que estos pasajes incorporan saltos temporales (las conocidas analepsis de la retórica) para ofrecernos vívidas rememoraciones de la juventud caraqueña de Toledo, de sus peripecias universitarias, de sus frustrantes escarceos sexuales, pero ello no atenúa el ostensible talante divulgativo de esos largos excursos.

Tal es el interés de Ricardo Bello por dejar clara su apreciación del islam a través de su personaje protagónico que olvida tres cuestiones que malogran la verosimilitud: 1) ¿por qué los sirios secuestran a Daniel si no parece que tenga valor como sujeto de posible cambio para los israelíes?; 2) ¿dónde fue a parar Ismael, el recalcitrante carcelero marxista? (sale de escena de la misma manera como entró: sin etiología); 3) ¿cómo es que liberan al caraqueño sin trámites de juicio?

Ya se ve, Sacramento de la guerra sólo ofrece, no cumple: comienza como aventura bélica, deviene alegato religioso y termina anunciando una posible trama de espías (intuida en las escenas finales cuando el ejército hebreo le propone a Daniel, aceptando incluso su nueva condición musulmana, que haga labores de inteligencia. Nunca lo sabremos). Entremedio, hay intentos por cristalizar una estrategia policíaca (los individuos que siguen al protagonista y al Sheik por las calles de Alepo: ¿fuerzas especiales israelitas?, ¿agentes sirios?, ¿funcionarios de la CIA o del MI6?), los cuales se diluyen abruptamente a partir del capítulo 56 (la novela tiene 62, todos de breve o mediana extensión) y, sin duda, la materialidad amorosa entre Daniel y Azima (la menor de las hijas del preceptor) según el rito islámico.

Por otro lado, debe reconocerse la copiosa pesquisa que sobre los engranajes de El Corán realiza el autor, en ocasiones con extremoso puntillismo, como en algunas notas que terminan siendo superfluas: “De ahí la necesidad del Yihad o la Guerra Santa, o al menos una interpretación del concepto.” En la palabra “Yihad” hay una llamada que explica a pie de página: “32 Yihad: Guerra Santa, tanto en el sentido militar como espiritual” (p. 78). Lo mismo pasa en: “El primer atributo a considerar es la unidad de Dios, que nos lleva a la exclusión de todos los demás dioses adorados en la Arabia preislámica o la Jahiliyyah, [acá la indicación para leer abajo] la edad de la ignorancia, la sociedad antes del Profeta, la paz sea con él”. La nota 40 redunda: “En el Islam se denomina Jahiliyyah el período anterior a la aparición del Profeta” (p. 101). Pero no abundemos.

La pasión de Ricardo Bello por la cultura islámica (también por la judía) lo llevó a escribir este libro que quizá convendría haber armado en otro registro o acaso en un género literario distinto; una mala calibración de enfoque que rebaja su funcionalidad novelesca y disminuye, lamentablemente, sus proyecciones estéticas.

[BELLO, Ricardo. Sacramento de la guerra. Caracas, Editorial Dahbar, 2018. 210 p.]

lunes, 1 de mayo de 2017

Arte



Para decirlo de una vez: Las horas claras, de Jacqueline Goldberg, no es una novela, pero tampoco un largo poema en prosa ni un conjunto de textos poéticos organizados en torno de un motivo específico. Antes bien, se trata de un relato, en la línea de Seda, de Alessandro Baricco, o de ciertas piezas de Juan Carlos Onetti (La cara de la desgracia, Tan triste como ella) en el que el argumento narrativo descansa en un hecho único que copa los tenues sucesos de un personaje singular. Relato, no cuento ni novela breve.

En América Latina no suelen diferenciarse estas estructuras, de allí que hay ediciones de ciertos relatos (perdonen la tediosa repetición) del mencionado Onetti en las cuales se los agrupa como novelas cortas (caso Monte Ávila, 1968) o como cuentos (Alfaguara, 1994). Es frecuente, asimismo, que los términos “cuento” y “relato” se manejen como sinónimos, obviando los rasgos diferenciadores que en Francia, por ejemplo, constituyen marcas decisorias al momento de cualquier análisis literario. Estas precisiones, lo admito, sólo interesan a los especialistas, pues al lector común poco importa saber si está ante una u otra forma discursiva, atenazado como se halla por la tersa luminosidad de los párrafos de Goldberg.

Las horas claras obtuvo el Premio XII del Concurso Anual Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana en 2012 y fue publicado por ese organismo el año siguiente. El veredicto del jurado señala: “En definitiva, es un extrañísimo, hermoso e inclasificable híbrido que une poesía, historia y novela” (p. 157). Debo insistir: es un relato, sin duda “hermosísimo”, escrito en una plástica prosa donde se narran unos mínimos acontecimientos con base en un objeto del mundo real: la Villa Saboye, sita en las afueras de París. Me excuso de nuevo: no es un “extrañísimo (…) híbrido”: es una narración escrita con una alta consciencia de la lengua del tipo de las que, a fines de la segunda década del siglo XX, nos presentó Ramos Sucre en sus títulos ya canónicos (algunas lecturas críticas sitúan esos trabajos en el área del minicuento) o cercana a las composiciones del olvidado Hernando Track, entre otros vínculos.

Eugénie Thellier de la Neuville, de casada Madame Savoye, se obsesiona con la construcción de una casa en la zona de Poissy, sitio ahora reconocido porque allí se ubica el edificio representado en el libro (hoy museo), el cual conserva parte del legado del arquitecto Le Corbusier, quien resulta diseñador –el dato es cierto– de aquella obra de mampostería. Esa obsesión es lo que activa la maquinaria ficcional, de modo que todo parece converger en los padecimientos de los techos y paredes de la vivienda, de sus ventanales y puertas. En realidad, ese domicilio de temporada es el frente visible de una profunda herida espiritual aún abierta en Madame Saboye desde los tiempos cuando juntaba hongos en el campo: una seta causó la muerte de su amiga Georgette; Eugénia tenía diez años. A partir de entonces su vida se convierte en un mero durar (¿la muerte como temprano descubrimiento de la nada?), cuyo sentido último se materializa en los efectos que la intemperie (sobre todo la lluvia) y la historia europea del período 1888-1969, telón de fondo para el desarrollo de la anécdota, producen en la Villa. Una mentira que enmascara el vacío de una existencia asida a una cosa inanimada y, no obstante, llena de memoria.

Con Las horas claras, Jacqueline Goldberg alcanza un nítido dominio de la materia narrativa y nos recuerda que la literatura es, ante todo, lenguaje; digo una redundancia, claro. Pero sí: lenguaje.

jueves, 6 de abril de 2017

Sobre un debut





En el primer volumen de cuentos de John Manuel Silva, Afrodita C. A. y otras empresas fracasadas (Caracas, Editorial Ígneo, 2014), se ensayan varias estrategias narrativas (realismo, ciencia-ficción, intimismo) con el fin de presentar diversas concreciones de la soledad y el desencanto. No obstante que el título incluye la posible clave de acceso (el término “fracaso”), la lectura del conjunto pudiera evidenciar falta de poiesis en virtud de que el orden de los textos y los argumentos desarrollados revelan una disposición atrabiliaria. Esto es, no leemos un proyecto concebido de manera orgánica, sino que recorremos un compendio dispuesto sobre la base de un tema general (la derrota) y quizá por ello tenue y delicuescente.

Compárense, por ejemplo, las piezas “Los discos de mi padre” y “Afrodita C. A.”, el primero construido bajo crudos parámetros realistas; el segundo adscrito a la fantasía científica. Ambos materializan el tema del amor, pero en registros tan contrarios que reducen el impacto de una tentativa metáfora global. Estos trabajos fueron reconocidos en dos importantes certámenes, circunstancia acaso decisiva para incorporarlos en la muestra. Se me dirá que sobran los casos de libros organizados de forma caprichosa; con todo, esas volubilidades son típicas de creadores autoritarios –déspotas por reconocidos– o de editores repentistas.

Ahora bien, vistos en su individualidad algunos cuentos destacan por el buen manejo en la representación de las tensiones entre padre e hijos (“La pantaleta”, “Una historia familiar” y el mencionado “Los discos de mi padre”); y el calco de voces homosexuales (de nuevo: “Los discos de mi padre” y “Una historia familiar”) y femeninas (“La pantaleta”).

Las técnicas de la ciencia-ficción se despliegan en “Astarté, C. A.”, “Afrodita, C. A.” y “Reflejo” (junto con “Betulio” –pintura de soledad y abandono– de los más débiles del tomo).

La violencia social queda fijada en “Las fotos de Popeye” y “El hombre de al lado”. “Flassss” nos recuerda la frivolidad nativa de cierta cultura pop.

Silva no desdeña, asimismo, la referencia al contexto político en brevísimas menciones a sucesos puntuales (“el paro del 2002 terminó de quebrar B. K. M.”, una pequeña compañía de fumigación, p. 88) o en ostensibles figuras: el ominoso “Maestro Técnico de Segunda Aguirre” de “Los discos de mi padre”.

Como suele ser natural en todo debut narrativo, hay escenas de relleno, explicaciones y pasajes inútiles: “Me pidió que me montara en su nave que estaba estacionada en uno de los reservados para ejecutivos. Me subí por el asiento del copiloto y él lo hizo por el del conductor” (p. 44). El dato pudiera parecer relevante; sin embargo, pronto descubrimos la caída: especificar dónde se sientan los personajes no aporta nada a la trama. Tampoco interesa saber que el puesto era “para ejecutivos”.

Sea lo que fuere, Afrodita C. A. y otras empresas fracasadas anuncia la salida de un narrador con recursos y perspicacia imaginativa, quien promete (y perdonen el lugar común) composiciones limpias y efectivas, como la que da título al grupo.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Fumarolas


Sería el año 1977. No lo recuerdo bien porque en esa época el tiempo era para mí una tela infinita. Acaso el ochenta o tal vez 1978. Lo nítido fueron las predicciones. Por enero se comenzó a hablar de un cataclismo que el 20 de agosto acabaría con la urbe en que degeneró la otrora “ciudad de los techos rojos”. Un castigo divino que puso en faena a todo aquel que mostrara cualidades mediúmnicas para mirar los estragos del cercano evento: el Ávila partiéndose desde las entrañas de un mítico volcán escamoteado por la imponente línea de la Silla de Caracas.

 

Hubo quienes llegaron a oler azufre semanas antes del fin, una fetidez que ahogó incluso el pertinaz escozor del capim melao. Es creencia antigua que todo proceso volcánico viene, por fuerza, cargado de vapores sulfurosos, de modo que resultaba lógico el aire enrarecido al subir el gas desde invisibles chimeneas sólo avistadas por sutilísimos olfatos.

 

A mediados de junio las revelaciones se transformaron en fundamentalismo: hombres de negro cruzaban el valle atemorizando a los transeúntes con pruebas del final: toscos folletos acerca de penitencias colectivas, polémicas respecto de la altura de la masa del océano (¿alcanzaría ésta a borrar nuestras faltas?). Los más simples desgranaban rosarios bajo las naves de San Francisco o Santa Teresa, en tanto los escépticos dirigieron cartas furibundas a los periódicos en las cuales se habló de una inmensa tomadura de pelo.

 

Obviamente, nada ocurrió el fatídico día, salvo una mayor ligereza en el tráfico por hallarse las avenidas menos congestionadas como consecuencia del período de vacaciones escolares y por el éxodo hacia la provincia por la misma causa, aunque muchos admitieron ponerse a resguardo por aquello de que “cuando el río suena”, ya se sabe.

 

Con todo, el aspaviento no fue una fábula inventada en el setenta (siglo XX); desde la Colonia tenemos registro de un posible volcán dormido hacia la vertiente norte del cerro, en las estribaciones del pico Oriental o surgiendo luego de un sismo. Pese a que nadie ha visto cráter o depresión que se le parezca, la duda persiste como aviso entre excursionistas, científicos diletantes y pobladores asentados al pie del monte. Por ello, la ascensión organizada en 1823 por Juan Bautista Boussingault, químico y agrónomo francés amigo de Humboldt y al paso coronel del ejército libertador, tuvo como interés escudriñar el Ávila en sincera tarea vulcanológica; así escribió en sus Memorias: “afirmábase que en la época del terremoto de 1812 habíase abierto un volcán en la montaña. Nada era menos probable, y sin embargo, resolvimos el señor Rivero y yo cerciorarnos, aunque fuese para hacer cesar una aprehensión que compartía toda la población”, como transcribe Bruno Manara en su libro de 1998.

 

Más tangibles han sido los incendios. Asociados al espíritu del escurridizo cráter arrasaron grandes extensiones de bosques, ahora ínfimos matojos. Refiere el mismo Manara que en 1843 se desató uno de tales proporciones por la voracidad con la cual fue reduciendo la Silla (“una montaña de azufre –formulaba la creencia– (...) que si ardiera una vez aparecería un volcán”). Presas del terror, los caraqueños obraron santorales y promesas, en tanto daban a las llamas un origen astronómico: por aquellos años un cometa se hizo ver incluso a la luz del día; signo fehaciente del final de los tiempos, era un hecho que la cauda del meteoro produjo la ignición del cerro. Más de siglo y medio después, la serpiente mordió nuevamente su cola: ¿no se dijo que el Halley lamería la estratosfera?


Por añadidura, los relatos sobre visitas espaciales no escasean. Algunos fomentan la especie de que Los Platos del Diablo son prueba de la estancia de seres galácticos, quienes colocaron las piedras como balizas para sus aterrizajes; más verosímil resulta la hipótesis de una zona sagrada de tribus precolombinas. No obstante, también en los setenta se desató una ola de avistamientos en las laderas del flanco norte, hacia el sitio de Las Tunitas. La prensa alcanzó a fotografiar formas metálicas sumergiéndose a pocos kilómetros de la costa, cápsulas vomitadas por la oscura montaña quizá hueca. Aún guardo memoria de la relación que un matrimonio dio con exclusividad al diario Últimas Noticias. Emiliano Romero, primo segundo de mi padre y vecino del mismo barrio de Catia La Mar, corroboraría una tarde, bajo la amenaza de un fiero aguacero, todas las historias de aquella pareja.


Menos volátiles por su apego a las trochas y edificaciones que todavía luchan contra la maleza, las anécdotas sobre esclavos, homicidas y extraños personajes fugados de la civilización saturan las picas y los caminos de terroríficas versiones en constante pugna por lograr, cada una de ellas, el mayor espanto. Recuérdese la escena del negro evadido hacia el cerro en “Las ovejas y las rosas del padre Serafín”, uno de los tres cuentos criollistas de Manuel Díaz Rodríguez:

 

-Ahora, dígame, compadre, si el hombre es o no brujo. Y no puede ser sino (...) brujo que cuando ya lo teníamos (...) asegurado, se nos despegó, disparándose a correr que ni una ardita. Detrás de él se fueron los muchachos. Y ahora dicen que lo traen, porque lo alcanzaron, ya para esconderse dentro del monte, en la Sabana de los Muertos.

 

O la célebre trama que, aunque pulida también con literatura, tiene como sustento una biografía real: la del doctor alemán Gottfried Knoche, quien arriba al país en 1850 y descubre un mecanismo para embalsamar que de inmediato lo introdujo en nuestras analectas del submundo. Puso gabinete en La Guaira, pero a poco se traslada a unos húmedos aposentos que adquirió en el Ávila, la finca en la cual llevó a cabo algunos de sus procedimientos estatuarios. Cuenta Manara: “construyó un sólido mausoleo sobre un peñón enorme (...), y en él dispuso seis lóculos de cemento con sus tapas de mármol y vidrio: uno para cada habitante de Bella Vista [nombre de la hacienda], quienes, al morir, eran embalsamados y colocados en su sitio. Hasta los perros eran embalsamados, y puestos como guardianes ante la entrada”. Amalia Weissman, enfermera ayudante del médico, ocupó el último puesto en la cripta: de sus manos recibió Knoche la ampolla paralizante el dos de enero de 1901.

 

Tal vez haya sido el cadáver de Tomás Lander el más espectacular de los trabajos de Knoche. Al morir el prócer, un 7 de diciembre de 1845 en la Cuadra Bolívar, fue conducido hasta su vivienda en la esquina de Cipreses, en donde “su familia lo hizo embalsamar, y vestido de riguroso chaqué negro lo sentaron a su escritorio, con la pluma en la mano en actitud de escribir, y así permaneció 38 años, hasta el 5 de abril de 1884, cuando el gobierno de Guzmán dispuso su traslado al Panteón Nacional” (Aquiles Nazoa, Caracas física y espiritual). El ex-Presidente de la República Francisco Linares Alcántara y José Pérez, soldado de la Guerra Federal, recibieron el mismo tratamiento póstumo.

 

La misteriosa actividad del germano alejó su fundo de las rutas de acceso a Galipán por el lado marino; sin embargo, algunos temerarios subieron hasta la casa del doctor para comprobar in situ los alcances científicos del sistema. El enigmático L. LL., autor del prólogo a la novela de Alecia Marciano, ¡Bruja del Ávila! (1957), informa que Rómulo Gallegos y Henrique Soublette visitaron el sitio cuando Knoche ya reposaba en su sarcófago. “La mansión (...) entonces se conocía como «la casa de las madamas»”, en virtud de que la habitaban dos alemanas “en avanzada edad”, auspiciadoras de la obra del galeno. Del viaje resultó un drama de Gallegos titulado Las madamas. Justamente, el motivo que usa Marciano en su pieza lo constituye la vida de un tudesco establecido en el Ávila, y su relación con un par de hermanas inofensivas que, como él, miran pasar los fríos meses, haciendo tiempo antes de llenar los tres féretros de un mausoleo contiguo. En un desván, el cuerpo momificado de un soldado de las huestes del guerrillero Antonio Ramos (José Pérez, por supuesto).

 

Hoy, muchas de las fábulas que alimenta la serranía lucen remotas, cuando no ignoradas. Se pasa por la cota mil esquivando los baches, rogando que la máquina no falle, en tanto se palpa lo minúsculo de nuestro anhelo por querer saber un poco los secretos de esa tierra vertical. Abajo, la ciudad restalla mientras en algún punto del cerro quiere José Balza que una palmera dé a luz a su personaje en Después Caracas (1995). Así se establece el vínculo entre lo que vamos siendo y se explica quizá el llamado del indio dibujado por Ricardo Azuaje, quien cegado por la imponente mole transforma la noche citadina, acaso la misma cuando nos desplazamos por la Boyacá, en una rotunda metafísica: el Ávila siempre vestirá de verde nuestra sombra porque al final todo se reduce, ya se sabe, a meros fantasmas que apenas sirven para hacer ficciones: para atisbar el espíritu de un valle enredado a su montaña.


Referencias



Azuaje, R. (1993). Viste de verde nuestra sombra. Caracas: Fundarte.
Balza, J. (1995). Después Caracas. Caracas: Monte Ávila.
Díaz Rodríguez, M. (1968). Obras selectas. Madrid-Caracas: Edime.
Manara, B. (1998). El Ávila: biografía de una montaña. Caracas: Monte Ávila.
Marciano, A. (1957). ¡Bruja del Ávila!  Preliminar: L. Ll. México: Gráfica Panamericana.
Nazoa, A. (1987). Caracas física y espiritual. 3ª. ed. Caracas: Panapo.