domingo, 15 de enero de 2017

Apunte sobre un libro de Michelli



Adscrito a una tradición narrativa cuyos inicios podrían establecerse en la “acuarela de los costumbristas” (la frase es de Arturo Uslar Pietri), Tristicruel viene a incorporarse a una sólida línea en la cual sobresalen, en el siglo XX, los nombres de Simón Barreto Ramos, Luis Britto García y Ángel Gustavo Infante. Me refiero a la imitación de ciertas formas de la oralidad para construir el relato pero, sobre todo, como estrategia para fijar rasgos idiosincrásicos de lo venezolano. Así, con base en el calco del idiolecto caraqueño, Michelli materializa nueve piezas sostenidas en la capacidad comunicativa de una lengua constantemente erosionada por lo que algunos puristas llamarían “barbarismos”, no obstante que acá ese uso corrobora, como siempre, la facultad característica de la especie: el don del lenguaje. Es lo mismo que ocurrió antes con ciertas creaciones de los autores mencionados (mucha de su ganada fama se debe a ello), situación que, por supuesto, continuará presentándose en el futuro, pues la literatura suele echar por tierra las más bondadosas acciones de cualquier gendarme de lo escrito.

Cierto que Domingo (permítanme la confianza) señala que la suya es una propuesta que se vincula, en principio, con el choteo oral auspiciado por Cabrera Infante; sin embargo, su libro suma un nuevo título al conjunto de la narrativa venezolana sustentada en esa herramienta que intenta hacernos creer que leemos una transcripción y no, como indica la poética, una obra con intenciones artísticas, más allá del mero apunte idiomático. De modo pues que, Tristicruel supera el examen que todo debut implica, tanto más cuanto que se apropia de los aparejos discursivos del habla imitada en la escritura, una materia de difícil manejo incluso para narradores expertos.

Con todo, no es este el único elemento distintivo de las composiciones; otro, muy obvio, es el relacionado con el estatuto genológico de los relatos: ¿se trata de cuentos o crónicas? ¿O estamos ante un ejercicio de autoficción? Estas aparentes dudas hacen más interesante el volumen: Domingo supo traslapar los límites entre varias formas del discurso narrativo sin descuidar la esencia que da organicidad al libro: el claro argumento de una historia. Lo que quiero decir es que, aun cuando en algunos pasajes la prosa adquiere la tesitura de una crónica, un ensayo o simula una expansión autobiográfica, Tristicruel resulta un tomo de cuentos articulados en torno de las peripecias de personajes (humanos o no) asentados en Caracas y habituados de tal modo a ella que pudiera afirmarse que el tomo constituye un homenaje agridulce (o “tristicruel”) a esta ciudad. La mezcla y fusión de formatos y géneros, en fin, devienen entonces recursos para explotar las posibilidades creativas y simbólicas del cuento; una práctica por demás natural en el relato contemporáneo. En este sentido, recuerdo los trabajos de Alejandro Rossi (Manual del distraído —1978), Héctor Seijas (Cuadernos de pensión —1993) o Pedro Enrique Rodríguez (Oficio de lectores. Textos de detectivismo literario y especulaciones narrativas —2008).

Para seguir en el nivel de la estructura, hay otro aspecto al cual quiero hacer referencia: el gusto de Domingo por desarrollar pequeñas historias dentro de historias mayores, como leemos, justamente, en “Historia de los barrios escondidos de Caracas”, “Todos, todicos todos” y “Carruseles”. (Curioso: al peruano Julio Ramón Ribeyro debemos el excelente “Carrusel”, un cuento que lleva a otro cuento que lleva a otro cuento y así. En este mismo contexto sobra toda mención a la narrativa de Roberto Bolaño.) Esta estratagema permite que, en mínimo espacio, podamos intuir una perspectiva más amplia al unir los fragmentos integrados por el marco anecdótico. El ardid se hipertrofia de manera eficaz y fascinante en el apartado “Perrulandia” de “Historia de los barrios escondidos de Caracas”, donde a pie de página se desgrana otro cuento. En una de esas notas se lee:

En este cuento iba a caber una anécdota en que un par de perros domésticos, asomados en las ventanas de un carro[,] observaban (…) sonrientes a los peatones (…) El hecho es que si continuaba con eso, el motivo del cuento iba a perderse en un estudio de la naturaleza canina y no lugareño, se convertiría en una suerte de ensayo lleno de notas (p. 47).


 Pese al comentario, el apartado es eso: un jocoso “ensayo lleno de notas”.

“Villaverde”, quinta parte de “Historia de los barrios escondidos de Caracas”, también utiliza el mismo expediente: cristalizar un relato en la parte baja de la página, en las notas a pie.

Respecto de los registros temáticos, Tristicruel hace énfasis en la representación de la Caracas convulsionada de los últimos años. Algunas de las exhibiciones de la llamada “revolución bolivariana” reciben tratamiento mordaz, pero también el gentilicio caraqueño, anárquico y polarizado por la lucha ideológica. En general, los cuentos se escoran hacia el campo del realismo (“Adiós letrero”, “Alpaso quevan”, “Todos, todicos todos”, “Repagando la muerte”, “Gerontofobia”); no obstante, en ellos no se desdeñan las incursiones hacia la distopía (“Carruseles”, “Presovisón”), lo fantástico (“Lectura peatonal”) y la ciencia-ficción (“Villaverde”, quinto apartado, ya se dijo, de “Historia de los barrios escondidos de Caracas”).

Por otra parte, el tempo narrativo de estos textos se halla atravesado por una descarnada ironía en la cual el humor atenúa lo que de otro modo pudiera entenderse como una toma de partido sociopolítico, pese a aquello que aclara la “Alvertencia” [sic]: no “es de gratis el ingenuo sentido de compromiso (sea cualsea)” [sic]. Al contrario, Tristricruel rescata el tono festivo de la chacota venezolana de burlarse de los malos tiempos en buena literatura, sin desmedro de las dolorosas escenas que recrea ni de la triste pintura de una ciudad venida a menos. Esta actitud semeja el talante de quienes son capaces de hacer ficción con los escombros para sobreponerse a las causas en apariencia perdidas y con ese gesto dejar testimonio de cómo les duele el país. Una tierra donde entra con firmeza el libro de Domingo y donde habitan narraciones inolvidables de Igor Delgado Senior, Otrova Gomas, Salvador Fleján.

Finalizo. Es natural que cuando se lee el libro de un amigo se busquen tics, manías, cosas de su personalidad entre los párrafos, en la manera como cierra una frase, en los diálogos de un protagonista. Sin embargo, siempre tenemos presente que estamos ante una obra escrita con la solvencia o torpeza que le da su dominio del oficio, por lo que no solemos indagar si los textos son simples trasiegos de vida. Yo espero que al leer Tristicruel olvidemos que Domingo se marchó abruptamente y que nos sumerjamos en su imaginario igual como hacemos con todos los escritores: sin preocuparnos de antemano por su biografía. En todo caso, valga el sabio consejo de Eugenio Montejo: “Dura menos un hombre que una vela (…) / y sin embargo / cuando parte / siempre deja la tierra más clara”.

[Domingo Michelli. Tristicruel. Caracas: bid & co. editor, 2014.]