sábado, 24 de junio de 2017

A quemarropa




El lunes 19 de junio salimos a marchar en la denominada manifestación “Todos a Caracas”, día ochenta de protestas, computado desde el 1 de abril de 2017, contra el gobierno de Nicolás Maduro. Como vivimos en La Candelaria sabíamos que en nuestra parroquia era imposible concentrarnos: la guardia, la policía o algún colectivo paramilitar suele atacar temprano y disolver cualquier grupo animado por el legítimo derecho de exponer, de manera pacífica, su molestia ante la inflación, la falta de alimentos y medicinas, la desmesurada criminalidad, pero sobre todo contra los desmanes de los cuerpos represivos del Estado perpetrados en una ciudadanía diezmada por el hambre y la desesperanza, dos fuertes motivaciones que, paradójicamente, la ha lanzado a la calle, último recurso de los mansos: miles de personas saturando avenidas y autopistas para clamar justicia a unos gobernantes que perdieron toda noción de servicio público.
                
Por fortuna, “el metro del PSUV” (como muchos lo llaman desde el inicio de las protestas) solo había cerrado cuatro estaciones. Así pudimos bajarnos en Miranda e incorporarnos a la concentración de Parque Cristal. Mi última marcha la hice de Santa Mónica a Las Mercedes una semana y media atrás (imposible llegar, como siempre, a cualquier instancia gubernativa para hacer reclamos debido a los agresivos piquetes) por lo que me sorprendió el número de jóvenes de muy bajos recursos, algunos descalzos y en shorts, asumiendo posiciones de avanzada en el frente de la caminata apenas arrancamos rumbo al Consejo Nacional Electoral, unos cuantos kilómetros hacia el centro. Mi esposa, cuyo circuito de marchas se circunscribe, por razones de trabajo, a la zona de Chacao, ya me lo había advertido: “Hay muchos chamos que no tienen pinta de estudiantes, pero que igual se arman de escudos y se mezclan con los universitarios a la hora de la chiquita. También ves gente pidiendo plata, comida, ropa.” Mientras lo recordaba vi un par de sujetos con gruesas cadenas plateadas al cuello, morrales a la espalda, gorras sin distintivos, zapatos de goma bajos, de marca, visteando a las chicas que embutidas en franelas con la cara de Leopoldo López o con las ocho estrellas de la bandera venezolana enviaban mensajes telefónicos. Es posible, pensé, que no miraran turgencias, sino celulares. Guardé el mío y estuve espiándolos un rato hasta cuando un conocido de mi mujer nos abrumó con sus reflexiones políticas.

Ya andando vi otros “escuderos de la resistencia” (así los han bautizado en las redes sociales, una fórmula que repiten varios líderes de la MUD) de mayor edad –treinta, cuarenta años–; indigentes, vendedores de gadgets alusivos a las manifestaciones, un discapacitado en silla de ruedas eléctrica. En una esquina me topo con Asdrúbal Baptista quien me señala la inmensa pancarta del conserje de su edificio, antiguo chavista, denunciando la fraudulenta convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente. Frente a la Plaza Francia un hombre gordo en una lujosa motocicleta reparte, a varios escuderos, bolsas de papas fritas y golosinas que saca de una canasta incorporada al manubrio. Señoras de mediana edad recién salidas de la peluquería, ancianos en mangas de camisas gastadas por el uso, muchachas alegres, chicos efusivos.

En la esquina de la Embajada de Canadá doblamos a la izquierda, nos metemos en esa estrecha calle llena de pequeños galpones y comercios que desemboca en el Distribuidor Altamira de la Francisco Fajardo. Sobre el puente alguien me grita: Adriana Gibbs y su hija: selfies y recuerdos de otros tiempos. Ya en la autopista me acerco a Elías Pino, recostado en la defensa de concreto: hablamos de proyectos conjuntos, de escritura creativa, del país. De pronto una mano salta para saludar: los cinco dedos de Amalio Belmonte, falanges de secretario universitario, gesticulan apoyando palabras que no alcanzo a oír; aprovechamos para sumergirnos otra vez en el grueso flujo, dirección oeste.

Compramos una botella de litro y medio de agua mineral a un señor flaquísimo.
  
Algunos caminantes colocan piedras y obstáculos en la vía. Julio Coco les explica que eso resulta contraproducente: “Si viene una moto con algún herido, ¿cómo pasa?” Me uno a los reparos del líder del Movimiento Democracia, Sociedad y Desarrollo para Venezuela, sin resultados. Seguimos.

Nitu Pérez Osuna habla a un mínimo corro. Muchos la miran con recelo, la tarde anterior Henrique Capriles denunció el lábil trabajo de la periodista respecto de supuestos intentos del gobernador para “enfriar las protestas”. En tanto comentamos el asunto, una amiga de mi esposa nos avisa que hay represión a la altura de El Recreo. Decidimos tomar la salida hacia Chacao mientras vemos las trazas de bombas en el aire.

Enfilamos hacia la avenida Andrés Galarraga. Comenzamos a contar el efectivo para saber si podemos devolvernos en taxi. Entonces ocurrió: a contravía aparecieron unos treinta motorizados de la Guardia Nacional. El pequeño grupo donde caminábamos, a la orilla de la calle, sobre la incipiente grama, fue atacado sin razón e indiscriminadamente (¿acaso la botella de agua nos delataba?) El gas lacrimógeno cubrió con rapidez el ambiente y de inmediato llegaron los perdigones. Corrimos a ciegas. Una bomba cayó a nuestros pies; mi mujer se ahogaba, pero no podíamos detenernos, de lo contrario era posible que nos robaran o, peor, que nos detuvieran y de ese modo hacer parte de la estadística –muy elevada– de presos que suman las protestas.

Vi dos motos que intentaban saltar la isla para tener un mejor ángulo de tiro. Una anciana de gorra tricolor lloraba recostada a una puerta de hierro; una niña –catorce, quince años–, los ojos desorbitados por el pánico, hacía amagos de calmarla. Las detonaciones se oían muy cerca, en series, aterradoras. Cruzamos el muro de gas y llegamos a la avenida Libertador. No sé de dónde sacó fuerzas mi mujer (es asmática), pero logramos atravesar la Francisco de Miranda y, más calmados, nos detuvimos muy arriba, en el Centro Comercial San Ignacio.

Una vez en el taxi nos preguntamos por qué tanta saña. No sé, quizá ésta es la respuesta del gobierno a sus ciudadanos desarmados que reclaman calidad de vida: amedrentarlos, reducirlos al miedo para perpetuarse en el poder por el poder mismo, sin otro sentido más que negar lo que todos los venezolanos nos merecemos: un país civilizado.

Ya en casa nos enteramos del asesinato de Fabián Urbina (diecisiete años) en el Distribuidor Altamira, unos cuarenta minutos después de que nos atacaron. El balazo de un guardia nacional le descerrajó el pecho.

sábado, 17 de junio de 2017

Hugo

       


En noviembre pasado fui a Madrid por cuatro días. Llegué un lluvioso domingo antes de las siete de la mañana. Apenas dejé la maleta en la consigna del hotel salí a caminar por los lados de la Plaza Santa Ana y me colé por calles desiertas llenas de botellas vacías de la fiesta del sábado. Anduve más de noventa minutos chapoteando pozos, calado de frío, disfrutando la ciudad sin temor de ser asesinado o de caer en una alcantarilla. Fue raro. Me perdí.

Frente a una pequeña iglesia le pregunté a un hombre hacia qué parte quedada la Puerta de Sol. Me dijo que mejor tomara un autobús; sin embargo, señaló al este con el brazo extendido debajo del sobretodo, apuntó un par de referencias y caminó hasta el atrio del remozado templo. Una hora y algo más tarde estaba frente a la escultura del oso comiendo hojas de madroño.

Debía contactar a mi cuñada. Recordaba algunos locutorios por los lados del Ayuntamiento, pero ya no existían. En la Plaza de Canaletas el portugués dueño de un quiosco me ofreció, por tres euros, su móvil para una llamada. Se burló al verme perder unos centavos en el teléfono público. Mi presupuesto lo consumí en el desayuno. La entrega de los viáticos de la reunión a la cual me invitaron se haría al cierre.

Volví a Sol y pregunté a un vendedor ambulante de baratijas (Hugo) dónde quedaba el locutorio más cercano. “Quizá por Arenales”. Entonces, sin yo pedírselo, me ofreció su celular. “Hable cuanto quiera, los fines de semana tengo tarifa libre”. Un muchacho gordo con lentes, de Honduras.

Mi cuñada me rescató en Serrano 220, un sitio que conocía muy bien porque mi mujer trabajó allí entre 2002 y 2004.

Dos días después fui a buscar a Hugo. Su lugar lo ocupaba una mujer pequeña, aindiada, que vendía forros para móviles, bastos, mal rematados. Nada supo informarme.

lunes, 15 de mayo de 2017

Ir tirando





En Bolaño, el cuento se perfila como un laboratorio de anhelos: los personajes se hallan siempre a la mitad de alguna empresa de dimensiones ontológicas, aquella que esperan cambiará el rumbo de sus medianías; lugar común para unos seres incompletos que cifran en el “ir tirando” lo que verdaderamente es sobrevivencia. Por ello, estos relatos chapotean el fango, aunque el lujo de la prosa parezca desmentirlo, se desplazan con soltura por el bajo mundo, se regodean en la precariedad: escritores oscuros, cansinos romances entre actores del cine porno, jovencitas malbaratadas en torpes relaciones, gente dejándose vivir por el tiempo. Se trata de textos en los cuales el triunfo sólo se ataja por instantes: por regla, los procedimientos empleados en su búsqueda no se avienen con los deseos. La falta de tino, entonces, la pérdida y el fracaso recorren como un malévolo espíritu las catorce piezas de Llamadas telefónicas (Barcelona, Anagrama, 1997).

Gratifica que la pintura de esas iteradas anécdotas gestione aún una literatura, sea la literatura, porque Bolaño relata sucesos exclusivamente literarios pese a que las acciones se demoren en el edificio de una tenebrosa gendarmería política, sin duda conocida (“Detectives”), o en la urdimbre de una irrisoria pero trágica confusión de personalidades durante una época también visible (“Otro cuento ruso”). Quiere decir, sus composiciones se construyen con base en motivos nada trascendentes, antes bien, sobremanera comunes: amores e insensatas rupturas, suicidios, confusos asesinatos, pasajes referidos por un protagonista que necesita de un interlocutor ajeno –el narrador escamoteado como narratario: personaje a quien se le cuentan los hechos– para exorcizar el peso de una culpa o, en todo caso, para clarificarse un mínimo fragmento de vida, ese que justifica su condición humana, su desvarío. El elemento que desencadena las confesiones: la lectura de un libro, los llamados a concursos literarios, los talleres, la reseña de un tomo: los problemas de la creación escrita constriñendo, sin más, cada peripecia, la cual se transforma así en un mero soporte para manifestar los efectos del uso de las herramientas narrativas. Esto no significa que el empuje técnico rebaje el espacio de lo anecdótico; por el contrario, los relatos de Llamadas telefónicas activan la curiosidad, exigen leerse apenas se desgrana la primera escena, vale pues, con mucho, lo que se cuenta, aunque la intención se escore –sin aspavientos, con elegancia– hacia el cómo.

Equilibrio, pulso, Bolaño sabe mantenerse en la zona intermedia donde las costuras se ocultan mediante el recurso de ir captando el interés por acumulación de escuetos informes, de modo que el desarrollo de las tramas se mantiene a un ritmo constante gracias a una prosa de engañifas: la simpleza, la proclive oralidad camuflan la minuciosa tarea arquitectónica. Hablamos, ya se ve, de estructura, de las formas materiales de unos cuentos que explican algunos contenidos del mundo como si se tratara de aventuras literarias.

Así pues, las fuentes argumentales de estos trabajos giran en torno de las contingencias de literatos pobrísimos (aquí el talento no cuenta) quienes, antes que la fama, persiguen una precaria manutención sin abandonar sus creencias artísticas (“Sensini”) o luchan inútilmente por alcanzar la nómina del breve reconocimiento: “Henry Simon Leprince”. Siempre en la cola, estos desarraigados viven el hoy, aunque maduren una obra de insospechadas resonancias futuras. El día a día: Sensini, viejo, exiliado de la memoria editorial y de su patria, se aferra al recuerdo de un hijo desaparecido por el mismo régimen que lo obligó a tornarse un cazador de concursos de cuentos por toda España. Leprince: vuelto por las circunstancias un anónimo héroe de la Segunda Guerra, salvador de numerosos escritores antinazis, cuando lo que intentaba era convertirse en un escriba de prestigio. El sino pesaroso no escatima el humor y la ironía, el juicio sesgado a ciertos tramos de la historia política latinoamericana y, más directo, contra el sistema social –las relaciones– de la literatura.

Pero lo literario no sólo se despliega como temática recurrente (“Sensini”, “Henri Simon Leprince”, “Enrique Martín”, “Una aventura literaria”, y, en otro rango de importancia, en “El gusano” y “La nieve”), también es ostensible, como dijimos, en la disposición estructural. En su conjunto, los tres apartados en los cuales se divide el libro vienen marcados por la presencia de un personaje cuya voz parece ser la misma en todas los casos: narrador protagonista, simple testigo o parte de un recuento llevado por otro, los héroes de estas narraciones revelan gustos, manías y prejuicios similares (en ocasiones calcan sus frases: ser tan “pobre[s] como una rata”), lo cual señala sus orígenes y motivaciones: es un aspirante o consumado escritor que se las ve con el tráfago diario, que anota pormenores, escenas, gestos, requisitorias para luego urdir su literatura: es el niño Arturo Belano en un banco de la Plaza Alameda, en México, charlando de un lejano pueblo, Villaviciosa, con quien de seguro es un uxoricida (“El gusano”); es el joven Arturo Belano, preso en Chile, sintiéndose un extrañado, contaminando con este descubrimiento a uno de sus antiguos condiscípulos (“Detectives”); es Arturo Belano comprendiendo la afición por un novelista soviético de un emigrado ruso, chileno de origen, en España, al escuchar su tremenda historia de amor.

Como se ve, la línea que separa la biografía ficcional de Belano expuesta, para decirlo con Cortázar, a manera de fotogramas narrativos se confunde a ratos con la vida literaria (o que ha cifrado en la literatura el sentido de su estar entre nosotros) del autor concreto Roberto Bolaño.

A la presencia del narrador unívoco se añade el manejo de varias concreciones narratológicas. Priman las atmósferas policiales, no el cumplimiento riguroso de ese esquema clásico, además de algunos escarceos laterales por la ciencia-ficción (los congresos a los cuales asiste Enrique Martín, en el cuento titulado con su nombre) y lo fantástico (Belano ante el espejito de la cárcel —“Detectives”, relato construido como un extenso diálogo). No obstante, una imagen caracterizadora nos obligaría a compendiar estas piezas dentro del tipo de ficciones realistas, en el entendido de que manifiestan una poética de lo cotidiano, y hasta de lo banal y deleznable.

Debe mencionarse, asimismo, el espacio que ocupan las mujeres. Si la primera estancia del volumen incide en lo metaliterario: “Llamadas telefónicas”; la segunda refleja pesquisas existenciales traslapadas en la resolución de enigmas: “Detectives” (¿quién era el Gusano?, ¿estaban locas las chicas que hicieron de William Burns un asesino?, ¿por qué perdió la lengua el sujeto de “Otro cuento ruso”?); la tercera, “Vida de Anne Moore”, se detiene en el análisis, si cabe el término, del comportamiento sentimental femenino. (La división no es rigurosa, pues el texto “Llamadas telefónicas” es un testimonio sobre la soledad de una mujer afantasmada.) Las conclusiones de aquellos descensos: ninguna alcanza a completar sus ambiciones, la tristeza sustituye, cuando ello es posible, a la muerte; el desamor, el melancólico extravío que llega a comprenderse, se sabe, demasiado tarde. En estas situaciones el único bálsamo lo constituye el teléfono: un intruso antipoético capaz de establecer una frágil conexión con el pasado, sin embargo, el vínculo se rompe a los minutos, el potencial salvador nunca posee más de dos, tres monedas y la víctima requiere siempre una fortuna de esperanzas para torcer el mal rumbo, cosa de al menos dos o tres horas colgado del tubo, tratando de convencer al otro y a sí mismo de que el destino puede repararse con palabras.

 Por lo demás, la metáfora que circunda el libro es la de un superviviente asido al mango de un teléfono, pidiendo ayuda o dándola, tratando de explicarse un asunto baladí o de vastas consecuencias, despachando un monólogo encima de los reparos del otro, atisbando la respiración en el silencio, buscando una respuesta a eso que lo obliga a volver, una y otra vez, a las preguntas, a la nada que borra los cuerpos y se torna voz, como los relatos, como cualquier llamada perdida en los alambres de una fría medianoche. En fin, Llamadas telefónicas fusiona, paradójicamente, la felicidad con la derrota al convertir la miseria, el barro natural, en una épica mínima.

lunes, 1 de mayo de 2017

Arte



Para decirlo de una vez: Las horas clarasde Jacqueline Goldberg, no es una novela, pero tampoco un largo poema en prosa ni un conjunto de textos poéticos organizados en torno de un motivo específico. Antes bien, se trata de un relato, en la línea de Sedade Alessandro Baricco, o de ciertas piezas de Juan Carlos Onetti (La cara de la desgracia, Tan triste como ellaen el que el argumento narrativo descansa en un hecho único que copa los tenues sucesos de un personaje singular. Relato, no cuento ni novela breve.

En América Latina no suelen diferenciarse estas estructuras, de allí que hay ediciones de ciertos relatos (perdonen la tediosa repetición) del mencionado Onetti en las cuales se los agrupa como novelas cortas (caso Monte Ávila, 1968) o como cuentos (Alfaguara, 1994). Es frecuente, asimismo, que los términos “cuento” y “relato” se manejen como sinónimos, obviando los rasgos diferenciadores que en Francia, por ejemplo, constituyen marcas decisorias al momento de cualquier análisis literario. Estas precisiones, lo admito, sólo interesan a los especialistas, pues al lector común poco importa saber si está ante una u otra forma discursiva, atenazado como se halla por la tersa luminosidad de los párrafos de Goldberg.

Las horas claras obtuvo el Premio XII del Concurso Anual Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana en 2012 y fue publicado por ese organismo el año siguiente. El veredicto del jurado señala: “En definitiva, es un extrañísimo, hermoso e inclasificable híbrido que une poesía, historia y novela” (p. 157). Debo insistir: es un relato, sin duda “hermosísimo”, escrito en una plástica prosa donde se narran unos mínimos acontecimientos con base en un objeto del mundo real: la Villa Saboye, sita en las afueras de París. Me excuso de nuevo: no es un “extrañísimo (…) híbrido”: es una narración escrita con una alta consciencia de la lengua del tipo de las que, a fines de la segunda década del siglo XX, nos presentó Ramos Sucre en sus títulos ya canónicos (algunas lecturas críticas sitúan esos trabajos en el área del minicuento) o cercana a las composiciones del olvidado Hernando Track, entre otros vínculos.

Eugénie Thellier de la Neuville, de casada Madame Savoye, se obsesiona con la construcción de una casa en la zona de Poissy, sitio ahora reconocido porque allí se ubica el edificio representado en el libro (hoy museo), el cual conserva parte del legado del arquitecto Le Corbusier, quien resulta diseñador –el dato es cierto– de aquella obra de mampostería. Esa obsesión es lo que activa la maquinaria ficcional, de modo que todo parece converger en los padecimientos de los techos y paredes de la vivienda, de sus ventanales y puertas. En realidad, ese domicilio de temporada es el frente visible de una profunda herida espiritual aún abierta en Madame Saboye desde los tiempos cuando juntaba hongos en el campo: una seta causó la muerte de su amiga Georgette; Eugénia tenía diez años. A partir de entonces su vida se convierte en un mero durar (¿la muerte como temprano descubrimiento de la nada?), cuyo sentido último se materializa en los efectos que la intemperie (sobre todo la lluvia) y la historia europea del período 1888-1969, telón de fondo para el desarrollo de la anécdota, producen en la Villa. Una mentira que enmascara el vacío de una existencia asida a una cosa inanimada y, no obstante, llena de memoria.

Con Las horas claras, Jacqueline Goldberg alcanza un nítido dominio de la materia narrativa y nos recuerda que la literatura es, ante todo, lenguaje; digo una redundancia, claro. Pero sí: lenguaje.

jueves, 6 de abril de 2017

Sobre un debut





En el primer volumen de cuentos de John Manuel Silva, Afrodita C. A. y otras empresas fracasadas (Caracas, Editorial Ígneo, 2014), se ensayan varias estrategias narrativas (realismo, ciencia-ficción, intimismo) con el fin de presentar diversas concreciones de la soledad y el desencanto. No obstante que el título incluye la posible clave de acceso (el término “fracaso”), la lectura del conjunto pudiera evidenciar falta de poiesis en virtud de que el orden de los textos y los argumentos desarrollados revelan una disposición atrabiliaria. Esto es, no leemos un proyecto concebido de manera orgánica, sino que recorremos un compendio dispuesto sobre la base de un tema general (la derrota) y quizá por ello tenue y delicuescente.

Compárense, por ejemplo, las piezas “Los discos de mi padre” y “Afrodita C. A.”, el primero construido bajo crudos parámetros realistas; el segundo adscrito a la fantasía científica. Ambos materializan el tema del amor, pero en registros tan contrarios que reducen el impacto de una tentativa metáfora global. Estos trabajos fueron reconocidos en dos importantes certámenes, circunstancia acaso decisiva para incorporarlos en la muestra. Se me dirá que sobran los casos de libros organizados de forma caprichosa; con todo, esas volubilidades son típicas de creadores autoritarios –déspotas por reconocidos– o de editores repentistas.

Ahora bien, vistos en su individualidad algunos cuentos destacan por el buen manejo en la representación de las tensiones entre padre e hijos (“La pantaleta”, “Una historia familiar” y el mencionado “Los discos de mi padre”); y el calco de voces homosexuales (de nuevo: “Los discos de mi padre” y “Una historia familiar”) y femeninas (“La pantaleta”).

Las técnicas de la ciencia-ficción se despliegan en “Astarté, C. A.”, “Afrodita, C. A.” y “Reflejo” (junto con “Betulio” –pintura de soledad y abandono– de los más débiles del tomo).

La violencia social queda fijada en “Las fotos de Popeye” y “El hombre de al lado”. “Flassss” nos recuerda la frivolidad nativa de cierta cultura pop.

Silva no desdeña, asimismo, la referencia al contexto político en brevísimas menciones a sucesos puntuales (“el paro del 2002 terminó de quebrar B. K. M.”, una pequeña compañía de fumigación, p. 88) o en ostensibles figuras: el ominoso “Maestro Técnico de Segunda Aguirre” de “Los discos de mi padre”.

Como suele ser natural en todo debut narrativo, hay escenas de relleno, explicaciones y pasajes inútiles: “Me pidió que me montara en su nave que estaba estacionada en uno de los reservados para ejecutivos. Me subí por el asiento del copiloto y él lo hizo por el del conductor” (p. 44). El dato pudiera parecer relevante; sin embargo, pronto descubrimos la caída: especificar dónde se sientan los personajes no aporta nada a la trama. Tampoco interesa saber que el puesto era “para ejecutivos”.

Sea lo que fuere, Afrodita C. A. y otras empresas fracasadas anuncia la salida de un narrador con recursos y perspicacia imaginativa, quien promete (y perdonen el lugar común) composiciones limpias y efectivas, como la que da título al grupo.

viernes, 17 de marzo de 2017

Yo toqué con Benjamín Brea



          Aunque él no lo recordaría. En aquellos tiempos los más jóvenes éramos una masa informe de matadores de tigres que cobramos por ensayo y toque en una banda que el dueño de los Laboratorios Vargas, el señor Valentiner (así lo llamaban todos), lucía a sus amigos del Club Alemán o a los magros aficionados que los domingos por la tarde raleaban en las gradas del Brígido Iriarte para ver las caimaneras (aún la Vinotinto no colonizaba el imaginario venezolano) del Caracas F. C. También amenizábamos partidos de béisbol, softball o básquet en el Cocodrilos Raquet Park de la Cota 905; y fiestas sociales en una quinta de la calle La Lomita, siempre en El Paraíso.
              
        El nombre de Benjamín lo tenía impreso en la contratapa (¿o contracarátula?) de un L. P. de Los Cuñaos, en otro de Alí Primera, en la revelación que significó “Después de la tormenta”, de Frank Quintero y en los créditos de “Imagen Latina” del Trabuco Venezolano. En esos discos, el timbre de su saxo o de la flauta es todavía un pedazo de mis recuerdos de doble estudiante de música y literatura, cuando cruzaba una Caracas menos violenta, pero eternamente díscola y atrabiliaria. Un sonido exacto, limpio y penetrante que daba inusitada personalidad a las melodías y que reverbera en mi cabeza cada vez que me pongo nostálgico.
              
En la Banda Vargas tocaban, además, la arpista Alba Quintanilla, esposa del director: el trompetista Egon Albrecht (no confundir con el nazi brasileño), y Jorge Dayoub, jefe de percusión, quien llevó a Rubén García, a Roberto Chacón, a Adolfo Arias (hijo del famoso trompetista Luis Arias) y a mí a dejar un poco el matatigrismo porque aquí la cosa era más o menos constante.

Brea no era de los fijos: sólo se montaba con nosotros si la ocasión lo exigía. Fueron las únicas veces en que vi desaparecer el nudo en la frente de Albrecht mientras desde el fondo de su barba roja brillaba una sonrisa: la precisión melódica y el natural virtuosismo de Benjamín eran capaces de rendir cualquier superioridad germana.

No creo que alguna vez cruzáramos palabra, pero sé que aquellas tardes con la tesitura de su tenor a mi izquierda, bailando al ritmo de una peculiar versión de “A pedir su mano” de Juan Luis Guerra, no había lectura que me hiciera olvidar que acaso mi mayor conquista en la música era esa: tocar junto con Benjamín Brea aunque a él, claro, qué le importaba.

Por esos días yo andaba en los últimos semestres de Letras. En los lapsos muertos de las piezas que no tenían particelle para la percusión, leía las asignaciones de clases o adelantaba lecturas de la incipiente tesis. Comencé a entrar en pánico porque no sabía si faltar a la universidad por un ensayo o perder la paga al preferir escuchar a Alejandro Oliveros hablando de Chaucer en el curso de literatura inglesa. La cosa tomó tintes dramáticos el último semestre de la carrera: o presentaba los trabajos de las dos únicas materias que me quedaban, rendía el examen de suficiencia en idioma y entregaba la tesis, o me sometía al concierto de cierre de año de la cátedra de percusión en la José Ángel Lamas y asistía a los toques de la banda.

Redacté una larga y quejosa carta donde prometía volver al año siguiente, una vez conquistado el título universitario (sin decirlo a las autoridades de la escuela de música: para ellos era blasfemo colocar otro oficio por encima del arte sonoro) y, arregladas mis cuentas con la sociedad de los poetas vivos, retomar las baquetas, la armonía y cualquier otra enseñanza pendiente en los claustros aledaños a la Santa Capilla.

A mis secuaces de la banda no sé qué les dije; en todo caso, no se lo tomaron a mal: los ejecutantes van y vienen, pues como dice la canción: sólo “hace falta el que vendrá”.

Una vez en la calle, sin embargo, pasó algo que cambió mi vida. Era miércoles de clase con Dayoub. Al saber que no tenía que asistir (la carta húmeda de tinta) el tiempo adquirió de pronto una proyección ilimitada. Me dejo caer en un banco de la Plaza San Jacinto y pienso: nunca seré realmente un buen músico; abrí el libro de ensayos de Francisco Rivera, Inscripciones, y me sumergí en sus páginas.

A Benjamín Brea lo veo caminando cerca del edificio de la CTV, por los lados de Quebrada Honda, un jueves por la tarde. Lleva el estuche con el saxo al hombro. Me provoca detenerlo, chancearlo y recordarle la banda del señor de los laboratorios, su afinación 440 y la inmensa honra que aún me da saber que alguna vez tocamos juntos. Pero él no me ve y eso que casi tropezamos.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Epístolas



1

A Eme Eme lo conocía desde el quinto de bachillerato. No era de mi curso, pero siendo graduados del mismo año el tiempo nos aproximó hasta convertirnos en flechas extraviadas, pues ambos debimos buscarnos la vida al perder el rango de estudiantes: él, porque embarazó a su novia; yo, al abandonar Mecánica Industrial después de cuatro semestres en el núcleo del Politécnico Luis Caballero Mejías en Charallave.
Cuando en casa supieron que no volvería a unas clases para mí inútiles, perdí la mesada y el crédito recién obtenido: el primero de mis hermanos que llegaba a estudios superiores para terminar con ese desplante. Acabé con el resto de apoyo al manifestar la causa de deserción: la literatura, un antiguo vicio que mantuve oculto hasta aquellos días.
En el liceo, a principios de los ochenta, una funcionaria del Consejo Nacional de Universidades ofreció una charla sobre las carreras a las cuales podíamos aspirar. No hizo mención a las letras, a la plástica o a la música como actividades merecedoras de un esfuerzo sistemático. Habló de química, de ingeniería, de derecho. Dijo algo relativo a las ciencias sociales y pasó a detallar las ventajas de un novedoso examen para aumentar el promedio de notas y de ese modo entrar con facilidad en cualquier licenciatura.
Así pues, hasta cuando una profesora del Politécnico me informó, la literatura era simple capricho de diletantes. Los ridículos versos que compuse a los catorce, la enfebrecida lectura de Viaje al centro de la tierra a los doce, el virus sabatiano de los diecisiete acaso pudieran tener, me dije, algún sentido.

2

Con Kiko Loero maté varios tigres. En los meses de julio y agosto, todavía alumnos de secundaria, íbamos al puesto de su tío en el mercado del Cementerio a limpiar pescados. Lo hacíamos para comprar discos y pagar alguna entrada al cine. Eso si mi padre no me obligaba a ir a la tipografía para morir de aburrimiento viéndolo operar su máquina de altorrelieve, lo cual no generaba ningún rédito.
Pero todo cambió fuera del Caballero Mejías y en vísperas de matricularme en la Universidad Central. El negocio de champú fracasó; también la venta de legumbres porque el proveedor era alcohólico. Alguna vez pegué cerámicas, pero las manos me quedaban tan ardidas que las ganancias se iban en la recuperación. Ocasionalmente entregué recibos de la compañía de agua: a Rafael Casique, titular del cargo, no le alcanzaba el turno para cubrir sus rutas, de manera que durante meses hice muchos itinerarios en su nombre.
Cualquier empleo que me dejara horas libres para cumplir las obligaciones universitarias lo asumía con entusiasmo. Realicé encuestas, repartí volantes, fregué pisos. Hasta la tarde de 1984 cuando me topé con Eme Eme en la parada de autobuses. Mientras intentábamos que nadie se nos adelantara fue explicando lo de las cartas. Me dio las señas del edificio y un nombre: Víctor Palomo, y la seguridad de que andaban buscando gente. “Ve mañana, es una papita”.

3

Meses atrás había hecho una suplencia en Correos y Telégrafos de Venezuela. Se lo comento a Palomo como un antecedente que, creo, me capacita para la tarea. Manotea unos sobres y sin mirarme explica la “sencillez” del trabajo: “cuando encuentres la dirección tienes que convencer a la persona de que venga al bufete, si no, no cobras”.
Era esto: un grupo de abogados contratado por varias marcas de cosméticos para honrar deudas. El número de morosos superó las estimaciones de los litigantes y el escritorio tuvo entonces que proveerse de una tropa de mensajeros para cubrir las exigencias de sus clientes.
Había tres tipos de notas: citaciones, segundos avisos y demandas. Los principiantes recibían, como anzuelo, papeles de la primera categoría. Así no tendrían que hablar mucho antes de hacerle firmar a la destinataria el billete de notificación. Enseguida comprobé la eficacia del recibo cuando la fecha venía impresa en la tinta del sello que adquirí con ese propósito.
Con los segundos avisos había que empeñarse a fondo: era necesario ablandar la tozudez femenina, convencer al alma renuente de que asistir al despacho podía convertirse en una disminución del monto o, quizás, de su olvido.
A las demandas todos le escurríamos el bulto: un recurso final que ya no asustaba a nadie.
Si bien con las citaciones se percibían resultados inmediatos (la requerida aparecía en menos de veinticuatro horas), su valor era irrisorio: doce bolívares. Los segundos avisos se cotizaban a dieciocho; las demandas, a veinticinco. A las dos semanas me informaron de otras tarifas: jugosas, de escasa competencia, pero de alto riesgo. El mismo Palomo se encargó de ponerme al tanto: “en las zonas marginales se gana más”. Lo dijo en susurros, como si se tratara de una contraseña masónica.

4

Aquella fue mi época de funámbulo: pateaba los barrios más pobres y peligrosos por veintiocho bolívares la citación, el único género que en adelante despaché. Me convertí, junto Rufino y Zuescún, en otro “troncalero”.
La mansedumbre de la gente de Horizonte o Los Caobos me permitió el uso de un sólido libreto: impedir (abrumando con palabras) reacciones en la citada; mencionar dos o tres leguleyismos (oídos en la oficina) y extender con premura el recibo (el estampado violeta barnizaba el discurso).
Me ceñí a un método: hacer las entregas de seis a once de la mañana (en aquel remoto siglo los malandros descansaban hasta la una o dos de la tarde), dibujé planos para orientarme por callejones y escaleras, me impuse un traje de campaña: botas frazzani, blue jean gastado, franela con propaganda. Las cartas en una bolsa de supermercado.
Modelo de sobre: “San Antonio a Chupulún, entre bodega El Yunque y puerta metálica verde, después del segundo poste. El Guarataro. Preguntar por La Nena”. En aquel mundo la civilización pierde rasgos, el asfalto cede ante el lodo, la ciudad es un afiche manchado de humo. Una mañana, en El Setenta (cima de Los Jardines de El Valle), el hijo de la mujer a quien convencí rápidamente confiesa que nunca ha visto el mar ni subido al metro. Dudé unos segundos, pero los veintiocho bolívares restallan como una marquesina imaginaria; le di la espalda y continué cerro abajo.
Iniciaba los recorridos por la parte alta. En González Cabrera, carretera de El Junquito, me reciben en una pulida sala de tierra. Un loro silba desde el fondo. Aprieto el reposabrazos del mueble: “¿será la beca de Deivi?” Dudo de nuevo. Agradezco el café y enfilo hacia Carapita.
Al contrario de lo que ocurría en El Placer o La Boyera, por acá los perros son amistosos. Gracias a uno pude evitar al ladrón en Los Telares. Por tratarse de un sector de mi parroquia, aquel viernes obvié la regla de las once. El animal ladraba al sujeto oculto detrás de la carcasa de un quiosco incinerado. Impreciso a causa de la droga, los navajazos cortaron el aire.

5

No era del todo “papita”. Algunas mujeres no caían, tal vez puestas en autos por comadres de cangilones vecinos o por natural astucia. Recuerdo una sonrisa cómplice a través del agujero de un contrachapado, en Niño Jesús (cima de Catia); no borro la histeria de la morena teñida (Cota 905) rompiendo la carta a centímetros de mis narices.

6

Cerca de El Atlántico, final de la Avenida Morán, escucho disparos: el camión de cervezas o gas contra una banda. Firmado el billete, conversamos sobre delitos y política. Hacía rato que despachaba con voluntad numérica (quince por veintiocho, treinta por veintiocho) cualquier remordimiento. Además, ellas disfrutaron lo que ahora les cobraban y aunque las razones de la deuda podrían justificarse, no era yo quien debía resolver el problema. Esto es un trabajo, me repetía apenas tocar las frágiles paredes.

7

En otro espacio, ciertas viviendas gozarían de prestigio. Lo tenían, desde luego, como La Casona: una isla en un océano de cartón piedra, ladrillos sin revoque y mechones de hierro, medio kilómetro arriba de Santa Ana, en Antímano. Incluso, la mujer se mantuvo altiva pese al pijama sin color, las legañas y el cabello eléctrico.

8

Al único macho de esta historia lo convencí en El Chorrito, en la orilla izquierda de un Guaire sin embaular, cara sur de Petare. Me mostró sus orishas y a José Gregorio iluminados por un grueso velón tan oscuro como sus cejas. Salí bendecido hacia la margen derecha. Atravesé la salpicada pasarela colgante, fija la vista en la torre de electricidad, oyendo el cauce sobrenatural.
Tras el puente, todos son colombianos. La mujer encinta me atiende en unos cortos escaños labrados en el barro. Se echa a llorar. Piensa en deportaciones, en la violencia de Medellín o Calí. Ya no dudo. La llevo hasta una silla de agotadas listas azules. No sé de dónde aparece un niño. Arrugo la hoja y confieso.

9

Línea Llanito-El Silencio. ¿Llegaré a tiempo al comedor? Mañana le digo a Palomo. Arrancamos. Las nubes se desploman. Olvido tirar las cartas de Mesuca. Abro el libro, pero no leo. La lluvia arrastra un martes de junio, le lava el rostro a este año 86, tumultuoso y definitivo.