viernes, 17 de marzo de 2017

Yo toqué con Benjamín Brea



          Aunque él no lo recordaría. En aquellos tiempos los más jóvenes éramos una masa informe de matadores de tigres que cobramos por ensayo y toque en una banda que el dueño de los Laboratorios Vargas, el señor Valentiner (así lo llamaban todos), lucía a sus amigos del Club Alemán o a los magros aficionados que los domingos por la tarde raleaban en las gradas del Brígido Iriarte para ver las caimaneras (aún la Vinotinto no colonizaba el imaginario venezolano) del Caracas F. C. También amenizábamos partidos de béisbol, softball o básquet en el Cocodrilos Raquet Park de la Cota 905; y fiestas sociales en una quinta de la calle La Lomita, siempre en El Paraíso.
              
        El nombre de Benjamín lo tenía impreso en la contratapa (¿o contracarátula?) de un L. P. de Los Cuñaos, en otro de Alí Primera, en la revelación que significó “Después de la tormenta”, de Frank Quintero y en los créditos de “Imagen Latina” del Trabuco Venezolano. En esos discos, el timbre de su saxo o de la flauta es todavía un pedazo de mis recuerdos de doble estudiante de música y literatura, cuando cruzaba una Caracas menos violenta, pero eternamente díscola y atrabiliaria. Un sonido exacto, limpio y penetrante que daba inusitada personalidad a las melodías y que reverbera en mi cabeza cada vez que me pongo nostálgico.
              
En la Banda Vargas tocaban, además, la arpista Alba Quintanilla, esposa del director: el trompetista Egon Albrecht (no confundir con el nazi brasileño), y Jorge Dayoub, jefe de percusión, quien llevó a Rubén García, a Roberto Chacón, a Adolfo Arias (hijo del famoso trompetista Luis Arias) y a mí a dejar un poco el matatigrismo porque aquí la cosa era más o menos constante.

Brea no era de los fijos: sólo se montaba con nosotros si la ocasión lo exigía. Fueron las únicas veces en que vi desaparecer el nudo en la frente de Albrecht mientras desde el fondo de su barba roja brillaba una sonrisa: la precisión melódica y el natural virtuosismo de Benjamín eran capaces de rendir cualquier superioridad germana.

No creo que alguna vez cruzáramos palabra, pero sé que aquellas tardes con la tesitura de su tenor a mi izquierda, bailando al ritmo de una peculiar versión de “A pedir su mano” de Juan Luis Guerra, no había lectura que me hiciera olvidar que acaso mi mayor conquista en la música era esa: tocar junto con Benjamín Brea aunque a él, claro, qué le importaba.

Por esos días yo andaba en los últimos semestres de Letras. En los lapsos muertos de las piezas que no tenían particelle para la percusión, leía las asignaciones de clases o adelantaba lecturas de la incipiente tesis. Comencé a entrar en pánico porque no sabía si faltar a la universidad por un ensayo o perder la paga al preferir escuchar a Alejandro Oliveros hablando de Chaucer en el curso de literatura inglesa. La cosa tomó tintes dramáticos el último semestre de la carrera: o presentaba los trabajos de las dos únicas materias que me quedaban, rendía el examen de suficiencia en idioma y entregaba la tesis, o me sometía al concierto de cierre de año de la cátedra de percusión en la José Ángel Lamas y asistía a los toques de la banda.

Redacté una larga y quejosa carta donde prometía volver al año siguiente, una vez conquistado el título universitario (sin decirlo a las autoridades de la escuela de música: para ellos era blasfemo colocar otro oficio por encima del arte sonoro) y, arregladas mis cuentas con la sociedad de los poetas vivos, retomar las baquetas, la armonía y cualquier otra enseñanza pendiente en los claustros aledaños a la Santa Capilla.

A mis secuaces de la banda no sé qué les dije; en todo caso, no se lo tomaron a mal: los ejecutantes van y vienen, pues como dice la canción: sólo “hace falta el que vendrá”.

Una vez en la calle, sin embargo, pasó algo que cambió mi vida. Era miércoles de clase con Dayoub. Al saber que no tenía que asistir (la carta húmeda de tinta) el tiempo adquirió de pronto una proyección ilimitada. Me dejo caer en un banco de la Plaza San Jacinto y pienso: nunca seré realmente un buen músico; abrí el libro de ensayos de Francisco Rivera, Inscripciones, y me sumergí en sus páginas.

A Benjamín Brea lo veo caminando cerca del edificio de la CTV, por los lados de Quebrada Honda, un jueves por la tarde. Lleva el estuche con el saxo al hombro. Me provoca detenerlo, chancearlo y recordarle la banda del señor de los laboratorios, su afinación 440 y la inmensa honra que aún me da saber que alguna vez tocamos juntos. Pero él no me ve y eso que casi tropezamos.