
Para Adriana Manuitt
Estuvimos sólo dos días pero, créeme Prima, fueron
horas inolvidables. Tal vez se debió al hecho de que andábamos en plan de
pequeña luna de miel, aunque el recuerdo de ese mar de agua dulce abrazando la
ciudad –el Tajo–, moroso y azul, es una de las imágenes asociadas a otro tipo
de amor: el de las cosas que solemos nombrar con la palabra único.
Llegamos muy temprano. El tren entró al andén y de
inmediato la luz de la mañana nos presentó una ancha avenida bordeaba de viejos
edificios de roca amarilla. El pequeño hotel, la acogedora habitación desde
cuyas ventanas veíamos techos de pizarra verde botella sobre casas antiguas, el
cielo blando y aterido. Todo presagiaba tranquilidad y mansedumbre.
En un ensayo de Eugenio Montejo habíamos leído que las
aceras de Lisboa tienen una disposición particular que las ha convertido en
símbolo. Imantados por esos párrafos fuimos al centro, recorrimos calles,
pasajes y escaleras y comprobamos con el poeta que, en efecto, las piedras de
las calzadas lisboetas –blancas, afiligranadas– apenas verlas se fijan para
siempre en la memoria. Tienes que caminarlas, Prima, y detenerte a comprar
dulces o algún souvenir en los
quioscos abrumados de palomas.
Subimos al Castillo de San Jorge; luego, al mirador de
la Vía Augusta .
Allí puedes tomarte un café observando el imponente río o los miles de tejados
debajo de los cuales los portugueses aprendieron a detener el tiempo. Más tarde
tomamos un remoto tranvía donde tu prima se quedó dormida al compás del
traqueteo de la madera y el hierro de otros siglos. Ya no sé cuándo estuvimos
en el Café A Brasileira, el lugar de tertulia de Fernando Pessoa con quien nos
retratamos: él, en regia actitud de bronce; nosotros, emocionados por el
encuentro.
Quizá estas líneas no
sean muy turísticas, Prima. Lo definitivo es que en aquellos días me enamoré
más de Rebeca y entendí por qué el azar la trajo a mi vida.