sábado, 10 de diciembre de 2016

Cuando el futuro nos alcanza



Para Arturo Manuitt Tusell, mi primo


Los primeros cincuenta años de su vida en Venezuela la yaya sólo hablaba del pasado: de la intempestiva salida de Barcelona a Francia en 1949 y del salto, doce meses después, al deprimido y caluroso muelle de Puerto Cabello. Recordaba el nombre del barco que la puso en esta tierra, la tortuosa carretera hasta Caracas y el barrio donde su marido la fue a meter con su pequeña hija: El Manicomio. Durante mucho pensó que el topónimo de la zona podía aplicarse a todo el país: no comprendía el gusto por escuchar la música de manera estridente, la tendencia al licor en los hombres y la sociabilidad en las mujeres. Amargada o triste sin remedio por haber dejado atrás a sus hermanos en una calle cercana al catalanísimo Paseo de Gracia, la abuela Josefina no veía futuro en la mescolanza de techos de zinc y antenas, menos aún, en las empresas que el abuelo imaginaba para salir a flote y colonizar algún territorio al este de la ciudad donde la civilización se iba imponiendo.

Pero el señor Tusell tuvo suerte al ejercer un oficio que nadie sabe dónde aprendió: puso una barbería en un edificio de la avenida La Salle. A la yaya, sin embargo, la maniobra no le aflojaba el rostro; aunque reconocía las ventajas del cambio (de Catia a Los Caobos) le costaba superar la nostalgia e integrarse por completo al medio, sobre todo al nacer su segunda hija.

En esos tiempos del “Nuevo Ideal Nacional”, la fisonomía de Caracas cambiaba drásticamente, en tanto las maneras de sus habitantes mantenían el trato confianzudo, pese a la atmósfera de terror impuesta por la dictadura, al extremo de que el abuelo se volvió dicharachero y amistoso, dejó el miedo en el barrio mientras cortaba pelo, escanciaba una cerveza en los lapsos muertos y hasta reía cuando lo llamaban gallego. Al inaugurarse la autopista a La Guaira y el Centro Simón Bolívar el barbero Juan ya era un caraqueño asimilado, otro español que vino a buscarse la vida huyendo de quién sabe qué remordimientos.

Cumplidos sesenta años en Venezuela la yaya le entró por fin a una arepa al punto de reconocer que esa torta de maíz tenía buen sabor y resultaba una vitualla digna de ocupar sitio en el empíreo del pan de trigo y de la ensaimada. La estela en la popa alejando Marsella, la proa cerca de la húmeda noche en un terraplén amarillo en Carabobo no eran más que un remoto visaje en la maleta de otra mujer; la de ahora sólo pensaba en el mañana, en hasta dónde le alcanzaría el tercer milenio.

En dos décadas el sosiego se entronizó en sus días: ratos de tele y lectura, de supermercados y salones de belleza. A veces el bingo y, si el cuerpo estaba bien, un paseo a Los Llanos o a Margarita. Alguna vez las ramblas de Barcelona, pero sin reproches ni espantos.

La conocí en esa etapa. Entré en la familia y de inmediato, cosa al parecer extraña, la yaya me aceptó sin agregar uno de sus odiosos comentarios. Tal vez las ocho décadas que llevaba encima le ablandaron el carácter y ya no estaba sino para disfrutar de todo lo que el futuro le deparara.

No obstante, los noventa le cayeron mal. Descompensaciones intermitentes después de las comidas, inexplicables mareos y desmayos que de inmediato cambiaban a voraz apetito y súbitos renacimientos. Eso sí, nunca disminuyó sus críticas a cuanto asunto de la casa le parecía ser de su incumbencia y que debido a su sordera todos (incluidos los criticados) escuchaban. Áspera la yaya, muy pagada de sí misma. Pero el tiempo, ya se sabe, no da tregua y terminó apagándose cuatro semanas luego de cumplir noventa y tres años.

El día cuando llevamos sus cenizas al mar (la niña que vivió en Manicomio, la otra que creció en Los Caobos, dos nietas y yo) nos detuvimos cerca de Las Quince Letras, el legendario hotel de La Guaira. Encontramos un malecón con grandes piedras enfrentando al océano. La mayor de las hijas se empeñó en arrojar los restos tratando de encaramarse en la musgosa superficie de una de las rocas señalando que a los doce años jugaba sobre farallones más intimidantes en el Mediterráneo. “El problema es que ahora –gritó una de las nietas– tienes setenta y dos, no doce”. Al grito se sumó el llanto de la otra nieta, nunca supe si por la discusión o por la inminencia de tirar, literalmente, lo que quedaba de la yaya al agua. Intenté imponer la tesis de que era posible que la mayor se sentara en una de las losas y desde allí lanzar el polvo. “Estás loco, lo que falta es que tengamos dos muertas”, espetó la nieta furiosa. De pronto, la hija menor tomó el rostro de su hermana y contuvo los ánimos: “deja que Carlos lo haga”.

Así pues, cuatro mujeres: una borrada por el llanto, otra echando pestes, la tercera diciendo “es mejor así” y la última: “bah, como si nunca hubiera corrido sobre peñascos”, me clavaban los ojos en la espalda cuando tomé el saquito fúnebre y antes de soltarlo las encaré girando la cabeza: “¿algunas palabras?” La nieta llorosa apuró más lágrimas, la otra sacudía la mano como diciendo “tíralo, tíralo”; la hija mayor farfullaba reclamos indescifrables, pero la menor dijo: “adiós mamá”. Entonces oscilé la bolsa tres veces, abrí las manos y como una piedra se hundió en el Caribe.

          (Febrero 2013)