lunes, 26 de diciembre de 2016

Sobrevivencia



En virtud de que también es músico, tal vez Hensli Rahn acepte que consideremos su primer volumen de cuentos como una gran pieza coral: algunos de los personajes y argumentos se despliegan o resuelven en el transcurso de varias composiciones. Así, pongamos por caso, en “De ahora en adelante” Bemba acepta que se le devuelva su desportillada consola de juego; ese mismo chico recibe en “El más allá” el pago pendiente por el aparato. Para rematar, el propio Bemba protagoniza “Corazón loco”.

Otros ejemplos: el padre del narrador de “Videoclub” acaba malviviendo en el “pueblo de la Luz”; este dato nos permite cerrar una pequeña historia iniciada en “Río Chico 1994”. Por su parte, el lábil dispositivo anecdótico de “La Guaira 1989” (el menos logrado de los trabajos) muestra sus consecuencias en “El más allá”, una estrategia que pudiera malograr la autonomía del relato si se lee el compendio de manera aleatoria.

Más demostraciones: la mujer policía de “La Guaira 1989” se parece mucho a la cancerbera de Bemba en “Corazón loco”; Reincidente, mera figura de relleno, hace acto de presencia en “De ahora en adelante” y en “El más allá”; Roger, hermano del protagonista de buena parte de los títulos, aparece en varias esquinas de las anécdotas.

De de los once cuentos que integran Dinero fácil (Caracas, Libros del fuego, 2014), seis constituyen una especie de fragmentado Bildungsroman: “De ahora en adelante”, “Río Chico 1994”, “La Guaira 1989”, “El más allá”, “Videoclub” y “Corazón loco”. En ellos es posible conocer el desarrollo intelectual de un joven caraqueño vinculado con la música y la literatura, sumido además en las veleidades típicas del descubrimiento del sexo y de los equívocos del mundo adulto. Para atenuar esta mínima “novela de formación”, permítanme el salto genológico, el autor se vio en la necesidad de introducir ciertos anclajes en los otros relatos de modo de mantener la organicidad del libro, como hace en “Río Chico 1994” al mencionar de pasada al dueto de “Portento”, o cuando materializa una historia completa en “Pesadillas de Bill” de resultas de un comentario hecho en “Más allá”.

De modo pues que los cinco cuentos que completan el tomo: “Portento” (Premio Sacven 2013), “La flor del pantano”, “Pesadillas de Bill”, “Sobre mi cadáver” y “Gasolineras” (Premio Policlínica Metropolitana 2010), se relacionan tenuemente con el resto, aquellos que descansan en la representación de la infancia y adolescencia de los sujetos.

Junto con “Videoclub”, “Portento” y “Gasolineras” resultan los mejores textos del repertorio. En esas tres piezas Rahn cristaliza el desencanto, la soledad y la desorientación no sólo de los personajes, sino quizá del país despeñado en la búsqueda del doloso y rápido enriquecimiento, sin asideros espirituales que puedan siquiera prever un posible cambio de rumbo.

Por lo demás, Dinero fácil incide en algunos tópicos –digo una obviedad– de la narrativa venezolana más reciente: el aplastante influjo de la cultura pop sobre la base de la cual funciona el imaginario de los personajes: sus referencias, sus valores y, en ocasiones, sus proyectos de vida. Una influencia que, adaptada a nuestro contexto, deviene constructo simbólico, si vale el término, de una generación.

Mal que nos pese, la imagen que arroja el libro, apenas disminuida por pasajes humorísticos, es la de un profundo desasosiego: una república abandonada a su suerte en donde a sus ciudadanos tan solo les queda la sobrevivencia y, si hay fortuna, algo de dinero fácil.