lunes, 1 de mayo de 2017

Arte



Para decirlo de una vez: Las horas claras, de Jacqueline Goldberg, no es una novela, pero tampoco un largo poema en prosa ni un conjunto de textos poéticos organizados en torno de un motivo específico. Antes bien, se trata de un relato, en la línea de Seda, de Alessandro Baricco, o de ciertas piezas de Juan Carlos Onetti (La cara de la desgracia, Tan triste como ella) en el que el argumento narrativo descansa en un hecho único que copa los tenues sucesos de un personaje singular. Relato, no cuento ni novela breve.

En América Latina no suelen diferenciarse estas estructuras, de allí que hay ediciones de ciertos relatos (perdonen la tediosa repetición) del mencionado Onetti en las cuales se los agrupa como novelas cortas (caso Monte Ávila, 1968) o como cuentos (Alfaguara, 1994). Es frecuente, asimismo, que los términos “cuento” y “relato” se manejen como sinónimos, obviando los rasgos diferenciadores que en Francia, por ejemplo, constituyen marcas decisorias al momento de cualquier análisis literario. Estas precisiones, lo admito, sólo interesan a los especialistas, pues al lector común poco importa saber si está ante una u otra forma discursiva, atenazado como se halla por la tersa luminosidad de los párrafos de Goldberg.

Las horas claras obtuvo el Premio XII del Concurso Anual Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana en 2012 y fue publicado por ese organismo el año siguiente. El veredicto del jurado señala: “En definitiva, es un extrañísimo, hermoso e inclasificable híbrido que une poesía, historia y novela” (p. 157). Debo insistir: es un relato, sin duda “hermosísimo”, escrito en una plástica prosa donde se narran unos mínimos acontecimientos con base en un objeto del mundo real: la Villa Saboye, sita en las afueras de París. Me excuso de nuevo: no es un “extrañísimo (…) híbrido”: es una narración escrita con una alta consciencia de la lengua del tipo de las que, a fines de la segunda década del siglo XX, nos presentó Ramos Sucre en sus títulos ya canónicos (algunas lecturas críticas sitúan esos trabajos en el área del minicuento) o cercana a las composiciones del olvidado Hernando Track, entre otros vínculos.

Eugénie Thellier de la Neuville, de casada Madame Savoye, se obsesiona con la construcción de una casa en la zona de Poissy, sitio ahora reconocido porque allí se ubica el edificio representado en el libro (hoy museo), el cual conserva parte del legado del arquitecto Le Corbusier, quien resulta diseñador –el dato es cierto– de aquella obra de mampostería. Esa obsesión es lo que activa la maquinaria ficcional, de modo que todo parece converger en los padecimientos de los techos y paredes de la vivienda, de sus ventanales y puertas. En realidad, ese domicilio de temporada es el frente visible de una profunda herida espiritual aún abierta en Madame Saboye desde los tiempos cuando juntaba hongos en el campo: una seta causó la muerte de su amiga Georgette; Eugénia tenía diez años. A partir de entonces su vida se convierte en un mero durar (¿la muerte como temprano descubrimiento de la nada?), cuyo sentido último se materializa en los efectos que la intemperie (sobre todo la lluvia) y la historia europea del período 1888-1969, telón de fondo para el desarrollo de la anécdota, producen en la Villa. Una mentira que enmascara el vacío de una existencia asida a una cosa inanimada y, no obstante, llena de memoria.

Con Las horas claras, Jacqueline Goldberg alcanza un nítido dominio de la materia narrativa y nos recuerda que la literatura es, ante todo, lenguaje; digo una redundancia, claro. Pero sí: lenguaje.

jueves, 6 de abril de 2017

Sobre un debut





En el primer volumen de cuentos de John Manuel Silva, Afrodita C. A. y otras empresas fracasadas (Caracas, Editorial Ígneo, 2014), se ensayan varias estrategias narrativas (realismo, ciencia-ficción, intimismo) con el fin de presentar diversas concreciones de la soledad y el desencanto. No obstante que el título incluye la posible clave de acceso (el término “fracaso”), la lectura del conjunto pudiera evidenciar falta de poiesis en virtud de que el orden de los textos y los argumentos desarrollados revelan una disposición atrabiliaria. Esto es, no leemos un proyecto concebido de manera orgánica, sino que recorremos un compendio dispuesto sobre la base de un tema general (la derrota) y quizá por ello tenue y delicuescente.

Compárense, por ejemplo, las piezas “Los discos de mi padre” y “Afrodita C. A.”, el primero construido bajo crudos parámetros realistas; el segundo adscrito a la fantasía científica. Ambos materializan el tema del amor, pero en registros tan contrarios que reducen el impacto de una tentativa metáfora global. Estos trabajos fueron reconocidos en dos importantes certámenes, circunstancia acaso decisiva para incorporarlos en la muestra. Se me dirá que sobran los casos de libros organizados de forma caprichosa; con todo, esas volubilidades son típicas de creadores autoritarios –déspotas por reconocidos– o de editores repentistas.

Ahora bien, vistos en su individualidad algunos cuentos destacan por el buen manejo en la representación de las tensiones entre padre e hijos (“La pantaleta”, “Una historia familiar” y el mencionado “Los discos de mi padre”); y el calco de voces homosexuales (de nuevo: “Los discos de mi padre” y “Una historia familiar”) y femeninas (“La pantaleta”).

Las técnicas de la ciencia-ficción se despliegan en “Astarté, C. A.”, “Afrodita, C. A.” y “Reflejo” (junto con “Betulio” –pintura de soledad y abandono– de los más débiles del tomo).

La violencia social queda fijada en “Las fotos de Popeye” y “El hombre de al lado”. “Flassss” nos recuerda la frivolidad nativa de cierta cultura pop.

Silva no desdeña, asimismo, la referencia al contexto político en brevísimas menciones a sucesos puntuales (“el paro del 2002 terminó de quebrar B. K. M.”, una pequeña compañía de fumigación, p. 88) o en ostensibles figuras: el ominoso “Maestro Técnico de Segunda Aguirre” de “Los discos de mi padre”.

Como suele ser natural en todo debut narrativo, hay escenas de relleno, explicaciones y pasajes inútiles: “Me pidió que me montara en su nave que estaba estacionada en uno de los reservados para ejecutivos. Me subí por el asiento del copiloto y él lo hizo por el del conductor” (p. 44). El dato pudiera parecer relevante; sin embargo, pronto descubrimos la caída: especificar dónde se sientan los personajes no aporta nada a la trama. Tampoco interesa saber que el puesto era “para ejecutivos”.

Sea lo que fuere, Afrodita C. A. y otras empresas fracasadas anuncia la salida de un narrador con recursos y perspicacia imaginativa, quien promete (y perdonen el lugar común) composiciones limpias y efectivas, como la que da título al grupo.

viernes, 17 de marzo de 2017

Yo toqué con Benjamín Brea



          Aunque él no lo recordaría. En aquellos tiempos los más jóvenes éramos una masa informe de matadores de tigres que cobramos por ensayo y toque en una banda que el dueño de los Laboratorios Vargas, el señor Valentiner (así lo llamaban todos), lucía a sus amigos del Club Alemán o a los magros aficionados que los domingos por la tarde raleaban en las gradas del Brígido Iriarte para ver las caimaneras (aún la Vinotinto no colonizaba el imaginario venezolano) del Caracas F. C. También amenizábamos partidos de béisbol, softball o básquet en el Cocodrilos Raquet Park de la Cota 905; y fiestas sociales en una quinta de la calle La Lomita, siempre en El Paraíso.
              
        El nombre de Benjamín lo tenía impreso en la contratapa (¿o contracarátula?) de un L. P. de Los Cuñaos, en otro de Alí Primera, en la revelación que significó “Después de la tormenta”, de Frank Quintero y en los créditos de “Imagen Latina” del Trabuco Venezolano. En esos discos, el timbre de su saxo o de la flauta es todavía un pedazo de mis recuerdos de doble estudiante de música y literatura, cuando cruzaba una Caracas menos violenta, pero eternamente díscola y atrabiliaria. Un sonido exacto, limpio y penetrante que daba inusitada personalidad a las melodías y que reverbera en mi cabeza cada vez que me pongo nostálgico.
              
En la Banda Vargas tocaban, además, la arpista Alba Quintanilla, esposa del director: el trompetista Egon Albrecht (no confundir con el nazi brasileño), y Jorge Dayoub, jefe de percusión, quien llevó a Rubén García, a Roberto Chacón, a Adolfo Arias (hijo del famoso trompetista Luis Arias) y a mí a dejar un poco el matatigrismo porque aquí la cosa era más o menos constante.

Brea no era de los fijos: sólo se montaba con nosotros si la ocasión lo exigía. Fueron las únicas veces en que vi desaparecer el nudo en la frente de Albrecht mientras desde el fondo de su barba roja brillaba una sonrisa: la precisión melódica y el natural virtuosismo de Benjamín eran capaces de rendir cualquier superioridad germana.

No creo que alguna vez cruzáramos palabra, pero sé que aquellas tardes con la tesitura de su tenor a mi izquierda, bailando al ritmo de una peculiar versión de “A pedir su mano” de Juan Luis Guerra, no había lectura que me hiciera olvidar que acaso mi mayor conquista en la música era esa: tocar junto con Benjamín Brea aunque a él, claro, qué le importaba.

Por esos días yo andaba en los últimos semestres de Letras. En los lapsos muertos de las piezas que no tenían particelle para la percusión, leía las asignaciones de clases o adelantaba lecturas de la incipiente tesis. Comencé a entrar en pánico porque no sabía si faltar a la universidad por un ensayo o perder la paga al preferir escuchar a Alejandro Oliveros hablando de Chaucer en el curso de literatura inglesa. La cosa tomó tintes dramáticos el último semestre de la carrera: o presentaba los trabajos de las dos únicas materias que me quedaban, rendía el examen de suficiencia en idioma y entregaba la tesis, o me sometía al concierto de cierre de año de la cátedra de percusión en la José Ángel Lamas y asistía a los toques de la banda.

Redacté una larga y quejosa carta donde prometía volver al año siguiente, una vez conquistado el título universitario (sin decirlo a las autoridades de la escuela de música: para ellos era blasfemo colocar otro oficio por encima del arte sonoro) y, arregladas mis cuentas con la sociedad de los poetas vivos, retomar las baquetas, la armonía y cualquier otra enseñanza pendiente en los claustros aledaños a la Santa Capilla.

A mis secuaces de la banda no sé qué les dije; en todo caso, no se lo tomaron a mal: los ejecutantes van y vienen, pues como dice la canción: sólo “hace falta el que vendrá”.

Una vez en la calle, sin embargo, pasó algo que cambió mi vida. Era miércoles de clase con Dayoub. Al saber que no tenía que asistir el tiempo adquirió de pronto una proyección ilimitada. Me dejo caer en un banco de la Plaza San Jacinto y pienso: nunca seré realmente un buen músico; abrí el libro de ensayos de Francisco Rivera, Inscripciones, y me sumergí en sus páginas.

A Benjamín Brea lo veo caminando cerca del edificio de la CTV, por los lados de Quebrada Honda, un jueves por la tarde. Lleva el estuche con el saxo al hombro. Me provoca detenerlo, chancearlo y recordarle la banda del señor de los laboratorios, su afinación 440 y la inmensa honra que aún me da saber que alguna vez tocamos juntos. Pero él no me ve y eso que casi tropezamos.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Epístolas



1

A Eme Eme lo conocía desde el quinto de bachillerato. No era de mi curso, pero siendo graduados del mismo año el tiempo nos aproximó hasta convertirnos en flechas extraviadas, pues ambos debimos buscarnos la vida al perder el rango de estudiantes: él, porque embarazó a su novia; yo, al abandonar Mecánica Industrial después de cuatro semestres en el núcleo del Politécnico Luis Caballero Mejías en Charallave.
Cuando en casa supieron que no volvería a unas clases para mí inútiles, perdí la mesada y el crédito recién obtenido: el primero de mis hermanos que llegaba a estudios superiores para terminar con ese desplante. Acabé con el resto de apoyo al manifestar la causa de deserción: la literatura, un antiguo vicio que mantuve oculto hasta aquellos días.
En el liceo, a principios de los ochenta, una funcionaria del Consejo Nacional de Universidades ofreció una charla sobre las carreras a las cuales podíamos aspirar. No hizo mención a las letras, a la plástica o a la música como actividades merecedoras de un esfuerzo sistemático. Habló de química, de ingeniería, de derecho. Dijo algo relativo a las ciencias sociales y pasó a detallar las ventajas de un novedoso examen para aumentar el promedio de notas y de ese modo entrar con facilidad en cualquier licenciatura.
Así pues, hasta cuando una profesora del Politécnico me informó, la literatura era simple capricho de diletantes. Los ridículos versos que compuse a los catorce, la enfebrecida lectura de Viaje al centro de la tierra a los doce, el virus sabatiano de los diecisiete acaso pudieran tener, me dije, algún sentido.

2

Con Kiko Loero maté varios tigres. En los meses de julio y agosto, todavía alumnos de secundaria, íbamos al puesto de su tío en el mercado del Cementerio a limpiar pescados. Lo hacíamos para comprar discos y pagar alguna entrada al cine. Eso si mi padre no me obligaba a ir a la tipografía para morir de aburrimiento viéndolo operar su máquina de altorrelieve, lo cual no generaba ningún rédito.
Pero todo cambió fuera del Caballero Mejías y en vísperas de matricularme en la Universidad Central. El negocio de champú fracasó; también la venta de legumbres porque el proveedor era alcohólico. Alguna vez pegué cerámicas, pero las manos me quedaban tan ardidas que las ganancias se iban en la recuperación. Ocasionalmente entregué recibos de la compañía de agua: a Rafael Casique, titular del cargo, no le alcanzaba el turno para cubrir sus rutas, de manera que durante meses hice muchos itinerarios en su nombre.
Cualquier empleo que me dejara horas libres para cumplir las obligaciones universitarias lo asumía con entusiasmo. Realicé encuestas, repartí volantes, fregué pisos. Hasta la tarde de 1984 cuando me topé con Eme Eme en la parada de autobuses. Mientras intentábamos que nadie se nos adelantara fue explicando lo de las cartas. Me dio las señas del edificio y un nombre: Víctor Palomo, y la seguridad de que andaban buscando gente. “Ve mañana, es una papita”.

3

Meses atrás había hecho una suplencia en Correos y Telégrafos de Venezuela. Se lo comento a Palomo como un antecedente que, creo, me capacita para la tarea. Manotea unos sobres y sin mirarme explica la “sencillez” del trabajo: “cuando encuentres la dirección tienes que convencer a la persona de que venga al bufete, si no, no cobras”.
Era esto: un grupo de abogados contratado por varias marcas de cosméticos para honrar deudas. El número de morosos superó las estimaciones de los litigantes y el escritorio tuvo entonces que proveerse de una tropa de mensajeros para cubrir las exigencias de sus clientes.
Había tres tipos de notas: citaciones, segundos avisos y demandas. Los principiantes recibían, como anzuelo, papeles de la primera categoría. Así no tendrían que hablar mucho antes de hacerle firmar a la destinataria el billete de notificación. Enseguida comprobé la eficacia del recibo cuando la fecha venía impresa en la tinta del sello que adquirí con ese propósito.
Con los segundos avisos había que empeñarse a fondo: era necesario ablandar la tozudez femenina, convencer al alma renuente de que asistir al despacho podía convertirse en una disminución del monto o, quizás, de su olvido.
A las demandas todos le escurríamos el bulto: un recurso final que ya no asustaba a nadie.
Si bien con las citaciones se percibían resultados inmediatos (la requerida aparecía en menos de veinticuatro horas), su valor era irrisorio: doce bolívares. Los segundos avisos se cotizaban a dieciocho; las demandas, a veinticinco. A las dos semanas me informaron de otras tarifas: jugosas, de escasa competencia, pero de alto riesgo. El mismo Palomo se encargó de ponerme al tanto: “en las zonas marginales se gana más”. Lo dijo en susurros, como si se tratara de una contraseña masónica.

4

Aquella fue mi época de funámbulo: pateaba los barrios más pobres y peligrosos por veintiocho bolívares la citación, el único género que en adelante despaché. Me convertí, junto Rufino y Zuescún, en otro “troncalero”.
La mansedumbre de la gente de Horizonte o Los Caobos me permitió el uso de un sólido libreto: impedir (abrumando con palabras) reacciones en la citada; mencionar dos o tres leguleyismos (oídos en la oficina) y extender con premura el recibo (el estampado violeta barnizaba el discurso).
Me ceñí a un método: hacer las entregas de seis a once de la mañana (en aquel remoto siglo los malandros descansaban hasta la una o dos de la tarde), dibujé planos para orientarme por callejones y escaleras, me impuse un traje de campaña: botas frazzani, blue jean gastado, franela con propaganda. Las cartas en una bolsa de supermercado.
Modelo de sobre: “San Antonio a Chupulún, entre bodega El Yunque y puerta metálica verde, después del segundo poste. El Guarataro. Preguntar por La Nena”. En aquel mundo la civilización pierde rasgos, el asfalto cede ante el lodo, la ciudad es un afiche manchado de humo. Una mañana, en El Setenta (cima de Los Jardines de El Valle), el hijo de la mujer a quien convencí rápidamente confiesa que nunca ha visto el mar ni subido al metro. Dudé unos segundos, pero los veintiocho bolívares restallan como una marquesina imaginaria; le di la espalda y continué cerro abajo.
Iniciaba los recorridos por la parte alta. En González Cabrera, carretera de El Junquito, me reciben en una pulida sala de tierra. Un loro silba desde el fondo. Aprieto el reposabrazos del mueble: “¿será la beca de Deivi?” Dudo de nuevo. Agradezco el café y enfilo hacia Carapita.
Al contrario de lo que ocurría en El Placer o La Boyera, por acá los perros son amistosos. Gracias a uno pude evitar al ladrón en Los Telares. Por tratarse de un sector de mi parroquia, aquel viernes obvié la regla de las once. El animal ladraba al sujeto oculto detrás de la carcasa de un quiosco incinerado. Impreciso a causa de la droga, los navajazos cortaron el aire.

5

No era del todo “papita”. Algunas mujeres no caían, tal vez puestas en autos por comadres de cangilones vecinos o por natural astucia. Recuerdo una sonrisa cómplice a través del agujero de un contrachapado, en Niño Jesús (cima de Catia); no borro la histeria de la morena teñida (Cota 905) rompiendo la carta a centímetros de mis narices.

6

Cerca de El Atlántico, final de la Avenida Morán, escucho disparos: el camión de cervezas o gas contra una banda. Firmado el billete, conversamos sobre delitos y política. Hacía rato que despachaba con voluntad numérica (quince por veintiocho, treinta por veintiocho) cualquier remordimiento. Además, ellas disfrutaron lo que ahora les cobraban y aunque las razones de la deuda podrían justificarse, no era yo quien debía resolver el problema. Esto es un trabajo, me repetía apenas tocar las frágiles paredes.

7

En otro espacio, ciertas viviendas gozarían de prestigio. Lo tenían, desde luego, como La Casona: una isla en un océano de cartón piedra, ladrillos sin revoque y mechones de hierro, medio kilómetro arriba de Santa Ana, en Antímano. Incluso, la mujer se mantuvo altiva pese al pijama sin color, las legañas y el cabello eléctrico.

8

Al único macho de esta historia lo convencí en El Chorrito, en la orilla izquierda de un Guaire sin embaular, cara sur de Petare. Me mostró sus orishas y a José Gregorio iluminados por un grueso velón tan oscuro como sus cejas. Salí bendecido hacia la margen derecha. Atravesé la salpicada pasarela colgante, fija la vista en la torre de electricidad, oyendo el cauce sobrenatural.
Tras el puente, todos son colombianos. La mujer encinta me atiende en unos cortos escaños labrados en el barro. Se echa a llorar. Piensa en deportaciones, en la violencia de Medellín o Calí. Ya no dudo. La llevo hasta una silla de agotadas listas azules. No sé de dónde aparece un niño. Arrugo la hoja y confieso.

9

Línea Llanito-El Silencio. ¿Llegaré a tiempo al comedor? Mañana le digo a Palomo. Arrancamos. Las nubes se desploman. Olvido tirar las cartas de Mesuca. Abro el libro, pero no leo. La lluvia arrastra un martes de junio, le lava el rostro a este año 86, tumultuoso y definitivo.

domingo, 15 de enero de 2017

Apunte sobre un libro de Michelli



Adscrito a una tradición narrativa cuyos inicios podrían establecerse en la “acuarela de los costumbristas” (la frase es de Arturo Uslar Pietri), Tristicruel viene a incorporarse a una sólida línea en la cual sobresalen, en el siglo XX, los nombres de Simón Barreto Ramos, Luis Britto García y Ángel Gustavo Infante. Me refiero a la imitación de ciertas formas de la oralidad para construir el relato pero, sobre todo, como estrategia para fijar rasgos idiosincrásicos de lo venezolano. Así, con base en el calco del idiolecto caraqueño, Michelli materializa nueve piezas sostenidas en la capacidad comunicativa de una lengua constantemente erosionada por lo que algunos puristas llamarían “barbarismos”, no obstante que acá ese uso corrobora, como siempre, la facultad característica de la especie: el don del lenguaje. Es lo mismo que ocurrió antes con ciertas creaciones de los autores mencionados (mucha de su ganada fama se debe a ello), situación que, por supuesto, continuará presentándose en el futuro, pues la literatura suele echar por tierra las más bondadosas acciones de cualquier gendarme de lo escrito.

Cierto que Domingo (permítanme la confianza) señala que la suya es una propuesta que se vincula, en principio, con el choteo oral auspiciado por Cabrera Infante; sin embargo, su libro suma un nuevo título al conjunto de la narrativa venezolana sustentada en esa herramienta que intenta hacernos creer que leemos una transcripción y no, como indica la poética, una obra con intenciones artísticas, más allá del mero apunte idiomático. De modo pues que, Tristicruel supera el examen que todo debut implica, tanto más cuanto que se apropia de los aparejos discursivos del habla imitada en la escritura, una materia de difícil manejo incluso para narradores expertos.

Con todo, no es este el único elemento distintivo de las composiciones; otro, muy obvio, es el relacionado con el estatuto genológico de los relatos: ¿se trata de cuentos o crónicas? ¿O estamos ante un ejercicio de autoficción? Estas aparentes dudas hacen más interesante el volumen: Domingo supo traslapar los límites entre varias formas del discurso narrativo sin descuidar la esencia que da organicidad al libro: el claro argumento de una historia. Lo que quiero decir es que, aun cuando en algunos pasajes la prosa adquiere la tesitura de una crónica, un ensayo o simula una expansión autobiográfica, Tristicruel resulta un tomo de cuentos articulados en torno de las peripecias de personajes (humanos o no) asentados en Caracas y habituados de tal modo a ella que pudiera afirmarse que el tomo constituye un homenaje agridulce (o “tristicruel”) a esta ciudad. La mezcla y fusión de formatos y géneros, en fin, devienen entonces recursos para explotar las posibilidades creativas y simbólicas del cuento; una práctica por demás natural en el relato contemporáneo. En este sentido, recuerdo los trabajos de Alejandro Rossi (Manual del distraído —1978), Héctor Seijas (Cuadernos de pensión —1993) o Pedro Enrique Rodríguez (Oficio de lectores. Textos de detectivismo literario y especulaciones narrativas —2008).

Para seguir en el nivel de la estructura, hay otro aspecto al cual quiero hacer referencia: el gusto de Domingo por desarrollar pequeñas historias dentro de historias mayores, como leemos, justamente, en “Historia de los barrios escondidos de Caracas”, “Todos, todicos todos” y “Carruseles”. (Curioso: al peruano Julio Ramón Ribeyro debemos el excelente “Carrusel”, un cuento que lleva a otro cuento que lleva a otro cuento y así. En este mismo contexto sobra toda mención a la narrativa de Roberto Bolaño.) Esta estratagema permite que, en mínimo espacio, podamos intuir una perspectiva más amplia al unir los fragmentos integrados por el marco anecdótico. El ardid se hipertrofia de manera eficaz y fascinante en el apartado “Perrulandia” de “Historia de los barrios escondidos de Caracas”, donde a pie de página se desgrana otro cuento. En una de esas notas se lee:

En este cuento iba a caber una anécdota en que un par de perros domésticos, asomados en las ventanas de un carro[,] observaban (…) sonrientes a los peatones (…) El hecho es que si continuaba con eso, el motivo del cuento iba a perderse en un estudio de la naturaleza canina y no lugareño, se convertiría en una suerte de ensayo lleno de notas (p. 47).


 Pese al comentario, el apartado es eso: un jocoso “ensayo lleno de notas”.

“Villaverde”, quinta parte de “Historia de los barrios escondidos de Caracas”, también utiliza el mismo expediente: cristalizar un relato en la parte baja de la página, en las notas a pie.

Respecto de los registros temáticos, Tristicruel hace énfasis en la representación de la Caracas convulsionada de los últimos años. Algunas de las exhibiciones de la llamada “revolución bolivariana” reciben tratamiento mordaz, pero también el gentilicio caraqueño, anárquico y polarizado por la lucha ideológica. En general, los cuentos se escoran hacia el campo del realismo (“Adiós letrero”, “Alpaso quevan”, “Todos, todicos todos”, “Repagando la muerte”, “Gerontofobia”); no obstante, en ellos no se desdeñan las incursiones hacia la distopía (“Carruseles”, “Presovisón”), lo fantástico (“Lectura peatonal”) y la ciencia-ficción (“Villaverde”, quinto apartado, ya se dijo, de “Historia de los barrios escondidos de Caracas”).

Por otra parte, el tempo narrativo de estos textos se halla atravesado por una descarnada ironía en la cual el humor atenúa lo que de otro modo pudiera entenderse como una toma de partido sociopolítico, pese a aquello que aclara la “Alvertencia” [sic]: no “es de gratis el ingenuo sentido de compromiso (sea cualsea)” [sic]. Al contrario, Tristricruel rescata el tono festivo de la chacota venezolana de burlarse de los malos tiempos en buena literatura, sin desmedro de las dolorosas escenas que recrea ni de la triste pintura de una ciudad venida a menos. Esta actitud semeja el talante de quienes son capaces de hacer ficción con los escombros para sobreponerse a las causas en apariencia perdidas y con ese gesto dejar testimonio de cómo les duele el país. Una tierra donde entra con firmeza el libro de Domingo y donde habitan narraciones inolvidables de Igor Delgado Senior, Otrova Gomas, Salvador Fleján.

Finalizo. Es natural que cuando se lee el libro de un amigo se busquen tics, manías, cosas de su personalidad entre los párrafos, en la manera como cierra una frase, en los diálogos de un protagonista. Sin embargo, siempre tenemos presente que estamos ante una obra escrita con la solvencia o torpeza que le da su dominio del oficio, por lo que no solemos indagar si los textos son simples trasiegos de vida. Yo espero que al leer Tristicruel olvidemos que Domingo se marchó abruptamente y que nos sumerjamos en su imaginario igual como hacemos con todos los escritores: sin preocuparnos de antemano por su biografía. En todo caso, valga el sabio consejo de Eugenio Montejo: “Dura menos un hombre que una vela (…) / y sin embargo / cuando parte / siempre deja la tierra más clara”.

[Domingo Michelli. Tristicruel. Caracas, bid & co. editor, 2014.]

lunes, 26 de diciembre de 2016

Sobrevivencia



En virtud de que también es músico, tal vez Hensli Rahn acepte que consideremos su primer volumen de cuentos como una gran pieza coral: algunos de los personajes y argumentos se despliegan o resuelven en el transcurso de varias composiciones. Así, pongamos por caso, en “De ahora en adelante” Bemba acepta que se le devuelva su desportillada consola de juego; ese mismo chico recibe en “El más allá” el pago pendiente por el aparato. Para rematar, el propio Bemba protagoniza “Corazón loco”.

Otros ejemplos: el padre del narrador de “Videoclub” acaba malviviendo en el “pueblo de la Luz”; este dato nos permite cerrar una pequeña historia iniciada en “Río Chico 1994”. Por su parte, el lábil dispositivo anecdótico de “La Guaira 1989” (el menos logrado de los trabajos) muestra sus consecuencias en “El más allá”, una estrategia que pudiera malograr la autonomía del relato si se lee el compendio de manera aleatoria.

Más demostraciones: la mujer policía de “La Guaira 1989” se parece mucho a la cancerbera de Bemba en “Corazón loco”; Reincidente, mera figura de relleno, hace acto de presencia en “De ahora en adelante” y en “El más allá”; Roger, hermano del protagonista de buena parte de los títulos, aparece en varias esquinas de las anécdotas.

De de los once cuentos que integran Dinero fácil (Caracas, Libros del fuego, 2014), seis constituyen una especie de fragmentado Bildungsroman: “De ahora en adelante”, “Río Chico 1994”, “La Guaira 1989”, “El más allá”, “Videoclub” y “Corazón loco”. En ellos es posible conocer el desarrollo intelectual de un joven caraqueño vinculado con la música y la literatura, sumido además en las veleidades típicas del descubrimiento del sexo y de los equívocos del mundo adulto. Para atenuar esta mínima “novela de formación”, permítanme el salto genológico, el autor se vio en la necesidad de introducir ciertos anclajes en los otros relatos de modo de mantener la organicidad del libro, como hace en “Río Chico 1994” al mencionar de pasada al dueto de “Portento”, o cuando materializa una historia completa en “Pesadillas de Bill” de resultas de un comentario hecho en “Más allá”.

De modo pues que los cinco cuentos que completan el tomo: “Portento” (Premio Sacven 2013), “La flor del pantano”, “Pesadillas de Bill”, “Sobre mi cadáver” y “Gasolineras” (Premio Policlínica Metropolitana 2010), se relacionan tenuemente con el resto, aquellos que descansan en la representación de la infancia y adolescencia de los sujetos.

Junto con “Videoclub”, “Portento” y “Gasolineras” resultan los mejores textos del repertorio. En esas tres piezas Rahn cristaliza el desencanto, la soledad y la desorientación no sólo de los personajes, sino quizá del país despeñado en la búsqueda del doloso y rápido enriquecimiento, sin asideros espirituales que puedan siquiera prever un posible cambio de rumbo.

Por lo demás, Dinero fácil incide en algunos tópicos –digo una obviedad– de la narrativa venezolana más reciente: el aplastante influjo de la cultura pop sobre la base de la cual funciona el imaginario de los personajes: sus referencias, sus valores y, en ocasiones, sus proyectos de vida. Una influencia que, adaptada a nuestro contexto, deviene constructo simbólico, si vale el término, de una generación.

Mal que nos pese, la imagen que arroja el libro, apenas disminuida por pasajes humorísticos, es la de un profundo desasosiego: una república abandonada a su suerte en donde a sus ciudadanos tan solo les queda la sobrevivencia y, si hay fortuna, algo de dinero fácil.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Cuando el futuro nos alcanza



Para Arturo Manuitt Tusell, mi primo


Los primeros cincuenta años de su vida en Venezuela la yaya sólo hablaba del pasado: de la intempestiva salida de Barcelona a Francia en 1949 y del salto, doce meses después, al deprimido y caluroso muelle de Puerto Cabello. Recordaba el nombre del barco que la puso en esta tierra, la tortuosa carretera hasta Caracas y el barrio donde su marido la fue a meter con su pequeña hija: El Manicomio. Durante mucho pensó que el topónimo de la zona podía aplicarse a todo el país: no comprendía el gusto por escuchar la música de manera estridente, la tendencia al licor en los hombres y la sociabilidad en las mujeres. Amargada o triste sin remedio por haber dejado atrás a sus hermanos en una calle cercana al catalanísimo Paseo de Gracia, la abuela Josefina no veía futuro en la mescolanza de techos de zinc y antenas, menos aún, en las empresas que el abuelo imaginaba para salir a flote y colonizar algún territorio al este de la ciudad donde la civilización se iba imponiendo.

Pero el señor Tusell tuvo suerte al ejercer un oficio que nadie sabe dónde aprendió: puso una barbería en un edificio de la avenida La Salle. A la yaya, sin embargo, la maniobra no le aflojaba el rostro; aunque reconocía las ventajas del cambio (de Catia a Los Caobos) le costaba superar la nostalgia e integrarse por completo al medio, sobre todo al nacer su segunda hija.

En esos tiempos del “Nuevo Ideal Nacional”, la fisonomía de Caracas cambiaba drásticamente, en tanto las maneras de sus habitantes mantenían el trato confianzudo, pese a la atmósfera de terror impuesta por la dictadura, al extremo de que el abuelo se volvió dicharachero y amistoso, dejó el miedo en el barrio mientras cortaba pelo, escanciaba una cerveza en los lapsos muertos y hasta reía cuando lo llamaban gallego. Al inaugurarse la autopista a La Guaira y el Centro Simón Bolívar el barbero Juan ya era un caraqueño asimilado, otro español que vino a buscarse la vida huyendo de quién sabe qué remordimientos.

Cumplidos sesenta años en Venezuela la yaya le entró por fin a una arepa al punto de reconocer que esa torta de maíz tenía buen sabor y resultaba una vitualla digna de ocupar sitio en el empíreo del pan de trigo y de la ensaimada. La estela en la popa alejando Marsella, la proa cerca de la húmeda noche en un terraplén amarillo en Carabobo no eran más que un remoto visaje en la maleta de otra mujer; la de ahora sólo pensaba en el mañana, en hasta dónde le alcanzaría el tercer milenio.

En dos décadas el sosiego se entronizó en sus días: ratos de tele y lectura, de supermercados y salones de belleza. A veces el bingo y, si el cuerpo estaba bien, un paseo a Los Llanos o a Margarita. Alguna vez las ramblas de Barcelona, pero sin reproches ni espantos.

La conocí en esa etapa. Entré en la familia y de inmediato, cosa al parecer extraña, la yaya me aceptó sin agregar uno de sus odiosos comentarios. Tal vez las ocho décadas que llevaba encima le ablandaron el carácter y ya no estaba sino para disfrutar de todo lo que el futuro le deparara.

No obstante, los noventa le cayeron mal. Descompensaciones intermitentes después de las comidas, inexplicables mareos y desmayos que de inmediato cambiaban a voraz apetito y súbitos renacimientos. Eso sí, nunca disminuyó sus críticas a cuanto asunto de la casa le parecía ser de su incumbencia y que debido a su sordera todos (incluidos los criticados) escuchaban. Áspera la yaya, muy pagada de sí misma. Pero el tiempo, ya se sabe, no da tregua y terminó apagándose cuatro semanas luego de cumplir noventa y tres años.

El día cuando llevamos sus cenizas al mar (la niña que vivió en Manicomio, la otra que creció en Los Caobos, dos nietas y yo) nos detuvimos cerca de Las Quince Letras, el legendario hotel de La Guaira. Encontramos un malecón con grandes piedras enfrentando al océano. La mayor de las hijas se empeñó en arrojar los restos tratando de encaramarse en la musgosa superficie de una de las rocas señalando que a los doce años jugaba sobre farallones más intimidantes en el Mediterráneo. “El problema es que ahora –gritó una de las nietas– tienes setenta y dos, no doce”. Al grito se sumó el llanto de la otra nieta, nunca supe si por la discusión o por la inminencia de tirar, literalmente, lo que quedaba de la yaya al agua. Intenté imponer la tesis de que era posible que la mayor se sentara en una de las losas y desde allí lanzar el polvo. “Estás loco, lo que falta es que tengamos dos muertas”, espetó la nieta furiosa. De pronto, la hija menor tomó el rostro de su hermana y contuvo los ánimos: “deja que Carlos lo haga”.

Así pues, cuatro mujeres: una borrada por el llanto, otra echando pestes, la tercera diciendo “es mejor así” y la última: “bah, como si nunca hubiera corrido sobre peñascos”, me clavaban los ojos en la espalda cuando tomé el saquito fúnebre y antes de soltarlo las encaré girando la cabeza: “¿algunas palabras?” La nieta llorosa apuró más lágrimas, la otra sacudía la mano como diciendo “tíralo, tíralo”; la hija mayor farfullaba reclamos indescifrables, pero la menor dijo: “adiós mamá”. Entonces oscilé la bolsa tres veces, abrí las manos y como una piedra se hundió en el Caribe.

          (Febrero 2013)