lunes, 26 de diciembre de 2016

Sobrevivencia



En virtud de que también es músico, tal vez Hensli Rahn acepte que consideremos su primer volumen de cuentos como una gran pieza coral: algunos de los personajes y argumentos se despliegan o resuelven en el transcurso de varias composiciones. Así, pongamos por caso, en “De ahora en adelante” Bemba acepta que se le devuelva su desportillada consola de juego; ese mismo chico recibe en “El más allá” el pago pendiente por el aparato. Para rematar, el propio Bemba protagoniza “Corazón loco”.

Otros ejemplos: el padre del narrador de “Videoclub” acaba malviviendo en el “pueblo de la Luz”; este dato nos permite cerrar una pequeña historia iniciada en “Río Chico 1994”. Por su parte, el lábil dispositivo anecdótico de “La Guaira 1989” (el menos logrado de los trabajos) muestra sus consecuencias en “El más allá”, una estrategia que pudiera malograr la autonomía del relato si se lee el compendio de manera aleatoria.

Más demostraciones: la mujer policía de “La Guaira 1989” se parece mucho a la cancerbera de Bemba en “Corazón loco”; Reincidente, mera figura de relleno, hace acto de presencia en “De ahora en adelante” y en “El más allá”; Roger, hermano del protagonista de buena parte de los títulos, aparece en varias esquinas de las anécdotas.

De de los once cuentos que integran Dinero fácil (Caracas, Libros del fuego, 2014), seis constituyen una especie de fragmentado Bildungsroman: “De ahora en adelante”, “Río Chico 1994”, “La Guaira 1989”, “El más allá”, “Videoclub” y “Corazón loco”. En ellos es posible conocer el desarrollo intelectual de un joven caraqueño vinculado con la música y la literatura, sumido además en las veleidades típicas del descubrimiento del sexo y de los equívocos del mundo adulto. Para atenuar esta mínima “novela de formación”, permítanme el salto genológico, el autor se vio en la necesidad de introducir ciertos anclajes en los otros relatos de modo de mantener la organicidad del libro, como hace en “Río Chico 1994” al mencionar de pasada al dueto de “Portento”, o cuando materializa una historia completa en “Pesadillas de Bill” de resultas de un comentario hecho en “Más allá”.

De modo pues que los cinco cuentos que completan el tomo: “Portento” (Premio Sacven 2013), “La flor del pantano”, “Pesadillas de Bill”, “Sobre mi cadáver” y “Gasolineras” (Premio Policlínica Metropolitana 2010), se relacionan tenuemente con el resto, aquellos que descansan en la representación de la infancia y adolescencia de los sujetos.

Junto con “Videoclub”, “Portento” y “Gasolineras” resultan los mejores textos del repertorio. En esas tres piezas Rahn cristaliza el desencanto, la soledad y la desorientación no sólo de los personajes, sino quizá del país despeñado en la búsqueda del doloso y rápido enriquecimiento, sin asideros espirituales que puedan siquiera prever un posible cambio de rumbo.

Por lo demás, Dinero fácil incide en algunos tópicos –digo una obviedad– de la narrativa venezolana más reciente: el aplastante influjo de la cultura pop sobre la base de la cual funciona el imaginario de los personajes: sus referencias, sus valores y, en ocasiones, sus proyectos de vida. Una influencia que, adaptada a nuestro contexto, deviene constructo simbólico, si vale el término, de una generación.

Mal que nos pese, la imagen que arroja el libro, apenas disminuida por pasajes humorísticos, es la de un profundo desasosiego: una república abandonada a su suerte en donde a sus ciudadanos tan solo les queda la sobrevivencia y, si hay fortuna, algo de dinero fácil.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Cuando el futuro nos alcanza



Para Arturo Manuitt Tusell, mi primo


Los primeros cincuenta años de su vida en Venezuela la yaya sólo hablaba del pasado: de la intempestiva salida de Barcelona a Francia en 1949 y del salto, doce meses después, al deprimido y caluroso muelle de Puerto Cabello. Recordaba el nombre del barco que la puso en esta tierra, la tortuosa carretera hasta Caracas y el barrio donde su marido la fue a meter con su pequeña hija: El Manicomio. Durante mucho pensó que el topónimo de la zona podía aplicarse a todo el país: no comprendía el gusto por escuchar la música de manera estridente, la tendencia al licor en los hombres y la sociabilidad en las mujeres. Amargada o triste sin remedio por haber dejado atrás a sus hermanos en una calle cercana al catalanísimo Paseo de Gracia, la abuela Josefina no veía futuro en la mescolanza de techos de zinc y antenas, menos aún, en las empresas que el abuelo imaginaba para salir a flote y colonizar algún territorio al este de la ciudad donde la civilización se iba imponiendo.

Pero el señor Tusell tuvo suerte al ejercer un oficio que nadie sabe dónde aprendió: puso una barbería en un edificio de la avenida La Salle. A la yaya, sin embargo, la maniobra no le aflojaba el rostro; aunque reconocía las ventajas del cambio (de Catia a Los Caobos) le costaba superar la nostalgia e integrarse por completo al medio, sobre todo al nacer su segunda hija.

En esos tiempos del “Nuevo Ideal Nacional”, la fisonomía de Caracas cambiaba drásticamente, en tanto las maneras de sus habitantes mantenían el trato confianzudo, pese a la atmósfera de terror impuesta por la dictadura, al extremo de que el abuelo se volvió dicharachero y amistoso, dejó el miedo en el barrio mientras cortaba pelo, escanciaba una cerveza en los lapsos muertos y hasta reía cuando lo llamaban gallego. Al inaugurarse la autopista a La Guaira y el Centro Simón Bolívar el barbero Juan ya era un caraqueño asimilado, otro español que vino a buscarse la vida huyendo de quién sabe qué remordimientos.

Cumplidos sesenta años en Venezuela la yaya le entró por fin a una arepa al punto de reconocer que esa torta de maíz tenía buen sabor y resultaba una vitualla digna de ocupar sitio en el empíreo del pan de trigo y de la ensaimada. La estela en la popa alejando Marsella, la proa cerca de la húmeda noche en un terraplén amarillo en Carabobo no eran más que un remoto visaje en la maleta de otra mujer; la de ahora sólo pensaba en el mañana, en hasta dónde le alcanzaría el tercer milenio.

En dos décadas el sosiego se entronizó en sus días: ratos de tele y lectura, de supermercados y salones de belleza. A veces el bingo y, si el cuerpo estaba bien, un paseo a Los Llanos o a Margarita. Alguna vez las ramblas de Barcelona, pero sin reproches ni espantos.

La conocí en esa etapa. Entré en la familia y de inmediato, cosa al parecer extraña, la yaya me aceptó sin agregar uno de sus odiosos comentarios. Tal vez las ocho décadas que llevaba encima le ablandaron el carácter y ya no estaba sino para disfrutar de todo lo que el futuro le deparara.

No obstante, los noventa le cayeron mal. Descompensaciones intermitentes después de las comidas, inexplicables mareos y desmayos que de inmediato cambiaban a voraz apetito y súbitos renacimientos. Eso sí, nunca disminuyó sus críticas a cuanto asunto de la casa le parecía ser de su incumbencia y que debido a su sordera todos (incluidos los criticados) escuchaban. Áspera la yaya, muy pagada de sí misma. Pero el tiempo, ya se sabe, no da tregua y terminó apagándose cuatro semanas luego de cumplir noventa y tres años.

El día cuando llevamos sus cenizas al mar (la niña que vivió en Manicomio, la otra que creció en Los Caobos, dos nietas y yo) nos detuvimos cerca de Las Quince Letras, el legendario hotel de La Guaira. Encontramos un malecón con grandes piedras enfrentando al océano. La mayor de las hijas se empeñó en arrojar los restos tratando de encaramarse en la musgosa superficie de una de las rocas señalando que a los doce años jugaba sobre farallones más intimidantes en el Mediterráneo. “El problema es que ahora –gritó una de las nietas– tienes setenta y dos, no doce”. Al grito se sumó el llanto de la otra nieta, nunca supe si por la discusión o por la inminencia de tirar, literalmente, lo que quedaba de la yaya al agua. Intenté imponer la tesis de que era posible que la mayor se sentara en una de las losas y desde allí lanzar el polvo. “Estás loco, lo que falta es que tengamos dos muertas”, espetó la nieta furiosa. De pronto, la hija menor tomó el rostro de su hermana y contuvo los ánimos: “deja que Carlos lo haga”.

Así pues, cuatro mujeres: una borrada por el llanto, otra echando pestes, la tercera diciendo “es mejor así” y la última: “bah, como si nunca hubiera corrido sobre peñascos”, me clavaban los ojos en la espalda cuando tomé el saquito fúnebre y antes de soltarlo las encaré girando la cabeza: “¿algunas palabras?” La nieta llorosa apuró más lágrimas, la otra sacudía la mano como diciendo “tíralo, tíralo”; la hija mayor farfullaba reclamos indescifrables, pero la menor dijo: “adiós mamá”. Entonces oscilé la bolsa tres veces, abrí las manos y como una piedra se hundió en el Caribe.

          (Febrero 2013)

martes, 29 de noviembre de 2016

El zoo humano


I

A las nueve y cinco tomo un taxi. No sé en qué parte de Las Mercedes queda el local; se lo digo al conductor y convenimos la tarifa: a esa hora no hay cola, menos un jueves por la noche con amenaza de lluvia. Apenas hace el cambio de velocidad le preguntó por su acento. El hombre responde que es limeño y que lleva más de diez años en Caracas. Si creyera en el destino o en cualquier mediación del tipo de las que inventa Conny Méndez estaría muy de acuerdo en que este inicio promete: camino a ver (a ella no se le escucha) a La Tigresa del Oriente, sacarle la mano al primer carro que pasa, pensar que el precio es alto y sin embargo subir a ese coche, haría las delicias de cualquier fundamentalista new age o de quienes se preparaban para recibir la nave madre que vendría a buscarlos en 2012, al filo de la aniquilación del mundo.

Luego de los comentarios sobre el estado de las calles y el clima lo llevo al tema. Dice que La Tigresa avergüenza a los peruanos, que no es más que una vieja “extravagante” de esa zona de la selva de Iquitos donde es común encontrar gente así. O como Laura Bozo, agrega, quien se benefició de sus vínculos con Montesinos para hacer ese programa donde siempre había golpes y patadas, mujeres y hombres de barrio peleándose un virgo o la propiedad de un afecto. Con todo y que la Bozo es abogada, señor, caer tan bajo por dinero y denigrar el gentilicio.

Para suavizarlo le digo que tienen también a Vargas Llosa y que Lima figura hoy entre las mejores ciudades de América Latina. No tiene remedio, es un convencido de que en su país ha crecido la incultura por culpa, cómo no, de los políticos.

Ya en Las Mercedes le digo que vengo a la primera presentación caraqueña de La Tigresa. Cree que le tomo el pelo. Luego de bajarme, interroga a dos empleados que cuidan la cola de acceso al Teatro Bar: “No sé, creo que es de Perú”, responde uno.

II

En el ticket se lee que el concierto arranca a las diez. A las nueve y veinticinco la fila es corta: llego rápido al sótano donde funciona el negocio. Se trata de dos ambientes. Del lado izquierdo, donde esperamos, una barra en penumbras y un escaso sofá que colonizan tres jóvenes. Se bebe vodka en botella –de pie– o se intenta conversar por encima del reggaeton. Escucho que debemos estar atentos a las puertas del lado derecho (“apenas se abran tienes que correr”): de la velocidad depende el lugar que se tome en el aforo.

Las chicas no superan los treinta años ni se rebajan a menos de veinte. Casi todas llevan accesorios atigrados: una cola de peluche amarrada a la cintura, cintillos con orejas felinas, un guante con garras. Dos muchachos con sofisticadas crestas, tatuados desde las manos hasta el hombro con motas amarillas y negras, ríen mientras posan para fotógrafos empíricos. Una joven alta, muy blanca, teñida de intenso rubio, lleva un vestido oscuro que la hace lucir como una gata en celo.

Tampoco los hombres cruzan el límite de la treintena, todos usuarios fervientes de Internet gracias a lo cual se tropezaron con La Tigresa y sus secuaces, ahora operadores de un extraño culto. Menos atrevidos que ellas, apenas dejan ver sus peludos sombreros con lunares de leopardo.

Impaciente ante la puerta del lado derecho, un grupo descubre otra entrada hacia el fondo del pasillo y por allí nos colamos. Nada de sillas o mesas; parados a menos de dos metros de la pequeña tarima, un breve escalón de unos treinta centímetros, la atronadora música atenúa pensar en la impuntualidad de los organizadores: hace diez minutos que el reloj denuncia la falta en el cumplimiento del despegue para el telonero. Al frente, unas pantallas distraen la espera con historias de gimnastas o con caricaturas japonesas. Como a los cuarenta minutos comenzamos a gritar: “Ti-gre-sa, Ti-gre-sa, Ti-gre-sa”, sin ningún efecto.

Entretanto, en las tinieblas se desarrolla una tenaz y silenciosa lucha: nadie quiere perder la plaza lograda. Cedo medio metro a la chica de mi lado izquierdo, a fin de cuentas más baja. A su amiga, por el contrario, no le permito siquiera un milímetro. La pierna se me agarrota, pero sigo firme en mi terreno.

Muchos siguen las letras; otros miramos los televisores. Vuelve de nuevo el coro exigente: “Ti-gre-sa, Ti-gre-sa”, y entonces, desde el foso de unas escaleras que llevan a los baños, surge una potente luz. Gritos y silbidos en vano: un camarógrafo y dos entrevistadores preguntan, aquí y allá, por la peruana, por sus canciones, por la tigresidad que nos convoca. Algunos esconden el rostro en tanto los osados declaran con orgullo haber pagado entrada y sufrir el plantón que, a estas alturas, ya lleva más de una hora.

A las once y veinte un gordo no muy gordo, en traje gris, comienza a manipular una laptop conectada a un teclado. En minutos, un flaco bastante flaco en pantalones negros de cuero brillante, camisa blanca y chaqueta amarilla salta, literalmente, del foso al escenario: Cachicamo con caspa, Gianko, el mismísimo que en Latin American Idol 2006, al ser descalificado, dijo: “América Latina no está lista para tanto sabor”. Sin duda.

La performance de Cachicamo se basa en versionar canciones de rock y pop en tecno-cumbia incorporando, asimismo, registros de merengue y salsa. Apenas comienza el teatrillo se convierte en una ovación que no deja seguir los samples y, menos todavía, la voz. No hace falta: más que cantar, Gianko finge hacerlo: olvida las letras, entra como sea, ofrece el micrófono a destiempo a un público que se mata de la risa con sus pasos y con ese puntuado movimiento de cabeza que recuerda un aparato electrónico. Sabe que no tiene oído, pero sí mucho ritmo y una intensa capacidad para convertir el ridículo en un memorable elogio al choteo y, sobre todo, para hacer del kitsch una estrategia de gozo.

Cuando canta, para decirlo de algún modo, “Oops! I Did It Again”, de Britney Spears, todos lo seguimos. Hace el gesto de abrazar como en el video príncipe, cambia el timbre, ya un poco agudo, por un falsete que produce más carcajadas. De “Rapsodia bohemia” (Queen) al tema de Candy, el célebre dibujo animado de los ochenta, Cachicamo cierra con su singular interpretación de “Thriller”, de Michael Jackson: un veloz apambichao que lo obliga a exponer su torso desnudo y nos deja roncos y en éxtasis, listos para justificar el calor en la apretujada olla y la razón de la noche.

III

Nació en la selva de Loreto, en el Departamento del mismo nombre, al noreste de Perú, hace sesenta y seis años. Pocos saben que se llama Judith Bustos, que tuvo una infancia pobre, un matrimonio joven y de apresurado naufragio. Asentada en Lima como peluquera y maquilladora de televisión, los días se le iban imaginando convertirse en artista mientras peinaba la cabeza del precoz Jaime Bayly, coloreaba la tez de Celia Cruz o imprimía temple al rostro del Puma. Hacia 2006 cuelga en YouTube “Un nuevo amanecer”, video que, dicen, rebasó los diez millones de visitas en 2009. Desde entonces todos hablan, como quiera que sea, de La Tigresa del Oriente.

A las doce y media volvió la miniteca. Gianko estuvo sesenta y cinco minutos brincando sobre las tablas. La amiga de la menuda a quien cedí espacio dice que ya no aguanta, que le parece abuso tanta espera. Abandona su posición de defensa y aprovecho para mover la cintura. Fue una torpeza traer estos zapatos: el dolor cruza las pantorrillas y se detiene en las corvas. “Ti-gre-sa”, “Ti-gre-sa”, escucho desde atrás, pero la llamada no prospera.

Otra vez, del foso sale luz. Una chica espigada, en minifalda y con vivos de tigra, y un muchacho moreno (pantalones camuflados en verde-gris) se sientan muy apretados en un banquito. Ahora sí, por fin: La Tigresa del Oriente saluda a un delirante público que la abruma con flashes y rugidos. Cientos de celulares y cámaras graban el momento; casi no alcanzo a ver, pese a que sólo me separan dos personas de la escena. Miro el reloj: una en punto. La excitación aumenta cuando se escuchan los compases de “Un nuevo amanecer”, colocado por el DJ.

Sin orquesta ni teclado, sin pista, La Tigresa intenta doblar la pieza, pero equivoca los compases, no recuerda los versos, se concentra en un tosco y peligroso baile de saltitos cortos: si no mide bien, las excesivas plataformas podrían doblarse. No obstante, los chicos que la acompañan ejecutan con solvencia la lúbrica coreografía.

Termina el número. Casi no puede respirar. Habla con disnea. Agradece “a la hermana nación”. Anuncia que habrá un concurso cuyo premio será su último dividí. También, que regalará otros tres. Su voz chillona ordena: “música, maestro” y de inmediato sube la histeria: las cornetas botan “Soy felina”. Todos cantan. Un par de interiores cae a los pies de la señora sin ninguna consecuencia.

Una chica de veintidós, veintitrés años, levanta los brazos, repite el estribillo, llora enloquecida. La Tigresa, bufando, embutida en el brillante traje enterizo que le resalta el abdomen, concluye la segunda canción y se monta en la tercera: “Alegría”.

Antes de iniciar la cuarta, toma un respiro. Habla, comenta, agradece otra vez. El delirio se eleva: “El reggaeton del Suri” desborda los ánimos cuando el moreno camuflado baila contra su cuerpo al lento ritmo de ella, aunque la melodía, ya se sabe, va por otro lado. Todos quieren ver. Me empujan, empujo. Más flashes y teléfonos. Aúlla la sala. No entiendo qué dice el joven a mi lado. Le sigo la corriente con una sonrisa.

Ha llegado el momento del certamen. La Tigresa expone las reglas: se hará por parejas y el público decidirá quién gana. Nadie sigue las instrucciones: cinco chicas suben a bailar “El reggaeton del Suri” que se corta a medio camino, mediante una seña de la ahora maestra de ceremonias. Premiamos a la rubia alta de traje oscuro, en celo. La Tigresa llama a Violeta, su asistente, para que traiga los discos. Pasan unos segundos y la mujer no aparece. La jefa vuelve a exigir la presencia. Dos minutos y nada. Dónde estás Violeta, grita. Comenzamos a corear: “Vio-le-ta”, “Vio-le-ta”, “Vio-le-ta”. “Pero adónde ha ido esta niña”, un poco entigrada doña Judith. “Vio-le-ta”, “Vio-le-ta”, “Vio-le-ta”. Llega un viejo esmirriado, de corbata, con una bolsa de papel. Saca los discos. La dama los entrega y lanza dos, sin mucha fuerza, al proscenio.

Suenan los primeros compases de “Un nuevo amanecer”, pero se detienen. Comienzan otra vez. Los bailarines hacen una figura y, abruptamente, la música vuelve a pararse. “Saboteo, saboteo”, gritan al DJ. A la tercera, como dicen, arranca la melodía.

Concluye la pieza. La bulla no me deja escuchar qué habla la señora. Eso sí, alcanzo a ver los zarpazos que cortan el aire en tres ocasiones: a la izquierda, en el centro, a la derecha, cada uno acompañado con un leve ronroneo. Cinco canciones; una repetida. Es todo. Veinte minutos de chascarrillo. Me parece oír los zancos hundiéndose en el foso mientras doy media vuelta y encaro la salida. Una lluvia menuda lava el recién estrenado viernes y nos coloca en la realidad, en la busca de un taxi urgente a estas horas acechadas por verdaderos felinos.

(Marzo 2011)

jueves, 10 de noviembre de 2016

Fumarolas


Sería el año 1977. No lo recuerdo bien porque en esa época el tiempo era para mí una tela infinita. Acaso el ochenta o tal vez 1978. Lo nítido fueron las predicciones. Por enero se comenzó a hablar de un cataclismo que el 20 de agosto acabaría con la urbe en que degeneró la otrora “ciudad de los techos rojos”. Un castigo divino que puso en faena a todo aquel que mostrara cualidades mediúmnicas para mirar los estragos del cercano evento: el Ávila partiéndose desde las entrañas de un mítico volcán escamoteado por la imponente línea de la Silla de Caracas.

 

Hubo quienes llegaron a oler azufre semanas antes del fin, una fetidez que ahogó incluso el pertinaz escozor del capim melao. Es creencia antigua que todo proceso volcánico viene, por fuerza, cargado de vapores sulfurosos, de modo que resultaba lógico el aire enrarecido al subir el gas desde invisibles chimeneas sólo avistadas por sutilísimos olfatos.

 

A mediados de junio las revelaciones se transformaron en fundamentalismo: hombres de negro cruzaban el valle atemorizando a los transeúntes con pruebas del final: toscos folletos acerca de penitencias colectivas, polémicas respecto de la altura de la masa del océano (¿alcanzaría ésta a borrar nuestras faltas?). Los más simples desgranaban rosarios bajo las naves de San Francisco o Santa Teresa, en tanto los escépticos dirigieron cartas furibundas a los periódicos en las cuales se habló de una inmensa tomadura de pelo.

 

Obviamente, nada ocurrió el fatídico día, salvo una mayor ligereza en el tráfico por hallarse las avenidas menos congestionadas como consecuencia del período de vacaciones escolares y por el éxodo hacia la provincia por la misma causa, aunque muchos admitieron ponerse a resguardo por aquello de que “cuando el río suena”, ya se sabe.

 

Con todo, el aspaviento no fue una fábula inventada en el setenta (siglo XX); desde la Colonia tenemos registro de un posible volcán dormido hacia la vertiente norte del cerro, en las estribaciones del pico Oriental o surgiendo luego de un sismo. Pese a que nadie ha visto cráter o depresión que se le parezca, la duda persiste como aviso entre excursionistas, científicos diletantes y pobladores asentados al pie del monte. Por ello, la ascensión organizada en 1823 por Juan Bautista Boussingault, químico y agrónomo francés amigo de Humboldt y al paso coronel del ejército libertador, tuvo como interés escudriñar el Ávila en sincera tarea vulcanológica; así escribió en sus Memorias: “afirmábase que en la época del terremoto de 1812 habíase abierto un volcán en la montaña. Nada era menos probable, y sin embargo, resolvimos el señor Rivero y yo cerciorarnos, aunque fuese para hacer cesar una aprehensión que compartía toda la población”, como transcribe Bruno Manara en su libro de 1998.

 

Más tangibles han sido los incendios. Asociados al espíritu del escurridizo cráter arrasaron grandes extensiones de bosques, ahora ínfimos matojos. Refiere el mismo Manara que en 1843 se desató uno de tales proporciones por la voracidad con la cual fue reduciendo la Silla (“una montaña de azufre –formulaba la creencia– (...) que si ardiera una vez aparecería un volcán”). Presas del terror, los caraqueños obraron santorales y promesas, en tanto daban a las llamas un origen astronómico: por aquellos años un cometa se hizo ver incluso a la luz del día; signo fehaciente del final de los tiempos, era un hecho que la cauda del meteoro produjo la ignición del cerro. Más de siglo y medio después, la serpiente mordió nuevamente su cola: ¿no se dijo que el Halley lamería la estratosfera?


Por añadidura, los relatos sobre visitas espaciales no escasean. Algunos fomentan la especie de que Los Platos del Diablo son prueba de la estancia de seres galácticos, quienes colocaron las piedras como balizas para sus aterrizajes; más verosímil resulta la hipótesis de una zona sagrada de tribus precolombinas. No obstante, también en los setenta se desató una ola de avistamientos en las laderas del flanco norte, hacia el sitio de Las Tunitas. La prensa alcanzó a fotografiar formas metálicas sumergiéndose a pocos kilómetros de la costa, cápsulas vomitadas por la oscura montaña quizá hueca. Aún guardo memoria de la relación que un matrimonio dio con exclusividad al diario Últimas Noticias. Emiliano Romero, primo segundo de mi padre y vecino del mismo barrio de Catia La Mar, corroboraría una tarde, bajo la amenaza de un fiero aguacero, todas las historias de aquella pareja.


Menos volátiles por su apego a las trochas y edificaciones que todavía luchan contra la maleza, las anécdotas sobre esclavos, homicidas y extraños personajes fugados de la civilización saturan las picas y los caminos de terroríficas versiones en constante pugna por lograr, cada una de ellas, el mayor espanto. Recuérdese la escena del negro evadido hacia el cerro en “Las ovejas y las rosas del padre Serafín”, uno de los tres cuentos criollistas de Manuel Díaz Rodríguez:

 

-Ahora, dígame, compadre, si el hombre es o no brujo. Y no puede ser sino (...) brujo que cuando ya lo teníamos (...) asegurado, se nos despegó, disparándose a correr que ni una ardita. Detrás de él se fueron los muchachos. Y ahora dicen que lo traen, porque lo alcanzaron, ya para esconderse dentro del monte, en la Sabana de los Muertos.

 

O la célebre trama que, aunque pulida también con literatura, tiene como sustento una biografía real: la del doctor alemán Gottfried Knoche, quien arriba al país en 1850 y descubre un mecanismo para embalsamar que de inmediato lo introdujo en nuestras analectas del submundo. Puso gabinete en La Guaira, pero a poco se traslada a unos húmedos aposentos que adquirió en el Ávila, la finca en la cual llevó a cabo algunos de sus procedimientos estatuarios. Cuenta Manara: “construyó un sólido mausoleo sobre un peñón enorme (...), y en él dispuso seis lóculos de cemento con sus tapas de mármol y vidrio: uno para cada habitante de Bella Vista [nombre de la hacienda], quienes, al morir, eran embalsamados y colocados en su sitio. Hasta los perros eran embalsamados, y puestos como guardianes ante la entrada”. Amalia Weissman, enfermera ayudante del médico, ocupó el último puesto en la cripta: de sus manos recibió Knoche la ampolla paralizante el dos de enero de 1901.

 

Tal vez haya sido el cadáver de Tomás Lander el más espectacular de los trabajos de Knoche. Al morir el prócer, un 7 de diciembre de 1845 en la Cuadra Bolívar, fue conducido hasta su vivienda en la esquina de Cipreses, en donde “su familia lo hizo embalsamar, y vestido de riguroso chaqué negro lo sentaron a su escritorio, con la pluma en la mano en actitud de escribir, y así permaneció 38 años, hasta el 5 de abril de 1884, cuando el gobierno de Guzmán dispuso su traslado al Panteón Nacional” (Aquiles Nazoa, Caracas física y espiritual). El ex-Presidente de la República Francisco Linares Alcántara y José Pérez, soldado de la Guerra Federal, recibieron el mismo tratamiento póstumo.

 

La misteriosa actividad del germano alejó su fundo de las rutas de acceso a Galipán por el lado marino; sin embargo, algunos temerarios subieron hasta la casa del doctor para comprobar in situ los alcances científicos del sistema. El enigmático L. LL., autor del prólogo a la novela de Alecia Marciano, ¡Bruja del Ávila! (1957), informa que Rómulo Gallegos y Henrique Soublette visitaron el sitio cuando Knoche ya reposaba en su sarcófago. “La mansión (...) entonces se conocía como «la casa de las madamas»”, en virtud de que la habitaban dos alemanas “en avanzada edad”, auspiciadoras de la obra del galeno. Del viaje resultó un drama de Gallegos titulado Las madamas. Justamente, el motivo que usa Marciano en su pieza lo constituye la vida de un tudesco establecido en el Ávila, y su relación con un par de hermanas inofensivas que, como él, miran pasar los fríos meses, haciendo tiempo antes de llenar los tres féretros de un mausoleo contiguo. En un desván, el cuerpo momificado de un soldado de las huestes del guerrillero Antonio Ramos (José Pérez, por supuesto).

 

Hoy, muchas de las fábulas que alimenta la serranía lucen remotas, cuando no ignoradas. Se pasa por la cota mil esquivando los baches, rogando que la máquina no falle, en tanto se palpa lo minúsculo de nuestro anhelo por querer saber un poco los secretos de esa tierra vertical. Abajo, la ciudad restalla mientras en algún punto del cerro quiere José Balza que una palmera dé a luz a su personaje en Después Caracas (1995). Así se establece el vínculo entre lo que vamos siendo y se explica quizá el llamado del indio dibujado por Ricardo Azuaje, quien cegado por la imponente mole transforma la noche citadina, acaso la misma cuando nos desplazamos por la Boyacá, en una rotunda metafísica: el Ávila siempre vestirá de verde nuestra sombra porque al final todo se reduce, ya se sabe, a meros fantasmas que apenas sirven para hacer ficciones: para atisbar el espíritu de un valle enredado a su montaña.


Referencias



Azuaje, R. (1993). Viste de verde nuestra sombra. Caracas: Fundarte.
Balza, J. (1995). Después Caracas. Caracas: Monte Ávila.
Díaz Rodríguez, M. (1968). Obras selectas. Madrid-Caracas: Edime.
Manara, B. (1998). El Ávila: biografía de una montaña. Caracas: Monte Ávila.
Marciano, A. (1957). ¡Bruja del Ávila!  Preliminar: L. Ll. México: Gráfica Panamericana.
Nazoa, A. (1987). Caracas física y espiritual. 3ª. ed. Caracas: Panapo.

domingo, 30 de octubre de 2016

Civilidad





 

        De pronto, me embiste una camioneta. Salto a la acera y leo “SOS Venezuela” en el vidrio posterior, pero no alcanzo a escuchar lo que el hombre grita. El semáforo continúa en rojo. A un lado de la cola para adquirir harina y papel higiénico un perro lánguido muerde una bolsa de basura. Alguien reclama porque ceden lugar a una viejita que casi toca el suelo con la quijada. En la esquina siguiente dos indígenas comen de un plato. Pido un café en la barra, “no hay leche, jefe”, advierte el joven con los ojos de Chávez mirándome desde su pecho. Tampoco, agua embotellada. En la boca del metro linchan a un delincuente, en los vagones cantan raperos y se dan trompadas las mujeres para salir al andén. Ya en el bulevar, oficialistas desgañitados celebran al país con las mayores riquezas petroleras del mundo. Adelante, una protesta contra la inseguridad es disuelta con gases lacrimógenos. Piso pancartas, corro hasta una panadería de donde la guardia saca a empellones varias personas asfixiadas. Me enredo con una bandera y veo en un afiche la cara de uno de los asesinados la última semana. Cuando llega el enjambre de motos con gallardetes y tubos entro en la universidad. Sólo vinieron cinco alumnos, los otros están marchando, pidiendo visas o reducidos de miedo en sus casas. Comienzo la clase: “la civilidad, damas y caballeros, es un concepto básico de las repúblicas.” A lo lejos, oigo disparos.

lunes, 5 de agosto de 2013

Propatria-Palo Verde




“Buenos días”, grita, pero nadie contesta. “Buenos días”, repite ahora más alto, retrechero. Algunos, intimidados, responden; otros, como yo, continúan en lo suyo: conversan, leen, miran su propio reflejo en la ventana. El hombre camina por el vagón dejando una estampita de la virgen María o con el mensaje de una indefinible ONG para el rescate de los adictos a las drogas en paisaje bucólico. Al rato recoge las tarjetas, que muchos ni tocan, molesto ante la poca cosecha. Entonces lanza una arenga contra el egoísmo, escupe anatemas, amenaza con su índice mugriento. Tres muchachos parados en la puerta, el doble de altos que él, reciben la fulmínea mirada con displicencia y hasta con simpatía. Desesperado, el sujeto cambia de táctica y pide, directamente, una moneda a cada uno de los chicos. Es inútil, sólo recibe los cartones que arrebata con fuerza y camina de un lado a otro gritando: “un bolívar, un bolívar”. Cuando vuelve a pasar por mi lado siento el olor a basura y veo su palma sucia apretando una nube y algo como la rama de una palmera.

Paso la mano izquierda por mi cabello tratando de quitarme la grasa de miles de cabezas adherida a la ventana que, al intentar evadir el tufo, me obligó a torcer el cuello más de lo debido. Al reacomodarme, no puedo rechazar el paquete de chocolates que un moreno ladino coloca en mis piernas. Asume que en casa me esperan cinco hijos ansiosos y que el dulce elevará mis réditos de buen padre. La niña de al lado toma una de las barras que he puesto en el lindero entre nuestros asientos; su madre dice, “no, Maryulis, ese es del señor.” Veloz como su repetido discurso, el chocolatero retoma su mercancía y bendice sin discriminación.

Apenas entro en la escena en la que se producirá un hecho tremendo (leo Desgracia, de J. M. Coetzee), un lisiado en silla de ruedas echa el cuento que lo redujo a tal estado: bandas en pugna, escaleras, cursos universitarios nocturnos después del trabajo. Quizá no pasó del primer semestre, me digo: su confusión entre la ele y la erre es sintomática. La calle, además, le ha contagiado el modo de prolongar las frases y el siseo. No le va mal: salvo por la poca movilidad –el tren está abarrotado– veo docenas de manos ofreciendo y lo escucho a él dando gracias.

A la Maryulis le entró la hiperquinesia: llevo un par de patadas en mi pierna. La señora parece no enterarse, enfrascada en un juicio sobre celulares con su marido, a quien tengo enfrente, en franelilla, con tatuaje al bíceps y cadena. Aguanto las ganas de limpiarme la bota del pantalón y me propongo cambiarme en cuanto lleguemos a Capitolio donde es seguro que baje mucha gente.

Suben dos reguetoneros que con sus improvisaciones dirimen las causas políticas de un par de ancianos en la zona azul del coche. Ya he perdido la cuenta de los pedigüeños, sólo me interesa terminar el capítulo de Coetzee y llegar a la oficina de trámite del pasaporte en Palo Verde. Voy concentrado hasta que, de nuevo, se me sienta al lado una madre con su hijo. No hay manera de cambiar de silla. Recojo mis piernas, aunque el niño, sea el caso de decirlo, es más bien tranquilo. De pronto (los personajes de la novela tiran perros en una furgoneta), siento una caricia en mi brazo, otra vez el izquierdo: no me atrevo a moverme, pero sé que es una manita que se entretiene con los vellos arriba de la correa del reloj. Qué raro, me digo, antes de bajarme en la terminal sin concluir el párrafo.

Cuento venezolano




Apenas publicada en 1985, El cuento venezolano se convirtió en una de las referencias antológicas del relato escrito en el país en el siglo XX. Quizá por una providencial coincidencia (o por cálculo literario) la compilación apareció al cumplirse treinta años de la Antología del cuento venezolano preparada por Guillermo Meneses, y aunque hubo otras muestras entre una y otra fecha, el compendio de Balza vino a complementar aquel célebre conjunto de 1955.

La fortuna de este libro, como ocurre con el de Meneses, acaso se deba al hecho de que la selección descansa en la intuitiva lectura de quien conoce los mecanismos ficcionales desde la perspectiva del creador y no de la del simple crítico o documentalista. No quiero decir que lo que motivó en su momento a Meneses a reunir su volumen o a Balza hoy a agrupar el suyo haya sido un mero capricho de artesano; o que un analista o un historiador de la literatura no tengan la debida sensibilidad para percibir las bondades estéticas de un cuento. Señalo, llanamente, que cuando un artista se propone fijar los textos que considera valiosos en una tradición literaria, lo hace con la mirada oblicua, llamémosla de ese modo, de aquel que alcanza a ver sinuosidades, pulsiones, arquetipos más allá de la estructura, el estilo o el argumento.

Así pues, el impacto del tomo de 1985 hizo que la casa editorial Círculo de Lectores de Madrid le pidiera al compilador una selección de la selección (perdonen la redundancia) para ser incorporada a la serie “Joyas de la literatura venezolana” en 1986, una breve biblioteca (ocho títulos) hecha sólo para los afiliados a ese circuito. Con todo, a fines de la década del ochenta ya la antología se había agotado, por lo que Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central se vio en la necesidad de imprimir una tercera edición en 1990. Esa vez Balza amplió la muestra estableciendo una práctica que continuaría en el futuro: su voracidad lectora y sus ansias por comprender el fenómeno lo han obligado a incorporar nuevos nombres surgidos entre los lapsos de cada edición o a redescubrir narradores olvidados por la historiografía literaria que se ocupa del siglo XX e incluirlos en la panorámica, como se verifica en la cuarta salida del compendio en 1996.

Esta quinta edición, sin embargo, es distinta a las anteriores por cuanto integra, sí, autores recientes, pero también piezas y nombres del pasado antiguo de estas tierras que luego serían conocidas como Venezuela, en un giro que pone en entredicho la historia del cuento entre nosotros. Explico: hasta 1996 Balza circunscribió su colección a relatos del siglo XX, ahora basta leer el índice para percatarse de que los inicios del género en el país se remontan, según su perspectiva, a la época precolombina. Sin duda, se trata de una reinterpretación que desmantela las rigideces genológicas y, más todavía, los tradicionales compartimentos históricos, útiles a la hora de establecer parámetros para el estudio puntual de algún aspecto de la literatura, pero poco flexibles para conocer ciertas manifestaciones que nos definen como sujetos pertenecientes a un lugar determinado. Porque desde cuándo nos sabemos fragmentos de una comunidad que comparte sueños, imágenes y recuerdos de un territorio común, se preguntaría Balza al diseñar esta nueva presentación de El cuento venezolano. Desde cuándo podemos cifrar la pertenencia a un espacio geográfico que nos ata y moldea. Cierto: un país puede ser una ficción, pero esa ficción nos hace cuerpo colectivo.

Por añadidura, las líneas imaginarias que trazan la cartografía, producto de negocios militares y políticos, nada tienen que ver con las fuerzas ctónicas que juntan a los hombres en un sitio. De modo pues que Venezuela comenzó su tránsito mucho antes de 1810 o 1830; tal vez echó a andar en un tarén invocativo de los Pemones, en las reflexiones de un cura visionario o en los abundosos párrafos de un cronista alucinado.

Como quiera que sea, esta manera de entender el alma nacional amplifica las dimensiones de la forma cuento y reacomoda sus orígenes hasta expresividades vinculadas con la poesía, la narración histórica, las sentencias, las crónicas, el diario de viajes y, si se me permite el término, con los mantras. Esas tumultuosas arquitecturas revelan tenues núcleos accionales que constituyen relatos en virtud de que se sostienen en el discurso narrativo. El tiempo, la conciencia estética, la necesidad precipitarán el cuento a fines del siglo XIX. Por aquellos días los contornos del género ya se han establecido y materializan un estado distinto, moderno, de la estructura, con lo cual se potencian sus funciones artísticas.

Esas funciones se despliegan no sólo en los trabajos canónicos, digamos, del volumen, sino que orientan las trece incorporaciones precolombinas y/o de la Colonia de esta quinta edición. Balza ha recogido, asimismo, algunas piezas singulares de escritores poco o nada conocidos en su condición de cuentistas, como Nicanor Bolet Pereza (relator de costumbres) y Jesús Semprum, este último, en palabras del antólogo: “el más brillante crítico literario de Venezuela en la primera mitad del siglo XX”.

Hay también composiciones de autores recientísimos, como si dijéramos de esta mañana, que no escaparon a la pesquisa del compilador y que hoy, felizmente, forman parte de una de las muestras más reconocidas en la tradición del cuento venezolano. Por supuesto, y como suele ocurrir en todo compendio de esta naturaleza, no están todos los que son, pero todos los que están sí son. Cierra el tomo una curiosa lista de expresiones de Fray Juan Antonio Navarrete: suerte de aforismos que podrían resumir las varias posibilidades de la ficción expuestas en las ochenta y seis piezas del volumen.

A toda antología la sostiene cierta tensión azarosa; El cuento venezolano, sin embargo, siempre ha gozado del prestigio de una bien ganada fama gracias a la vivacidad y a la inteligencia con la cual Balza selecciona los textos. Esta quinta edición constituye, además, una propuesta distinta y novedosa al incorporar materiales no considerados, tradicionalmente, como relatos; una actitud que integra la dimensión arquetipal de eso que algunos etiquetan bajo el rótulo idiosincrasia, pero que tal vez sea más exacto denominar pertenencia simbólica a esto que llamamos Venezuela.


Balza, José. El cuento venezolano. Antología. Caracas, Ediciones de la Biblioteca, Universidad Central de Venezuela, 2012.